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Sábado, 25 Abril 2026 16:00

Bregar el quehacer habitual; rehacer el trabajo virtuoso

Artículo | Algo Más Que Palabras 

“Todos tenemos el derecho a encontrar vías dignas, con nuevas oportunidades para poder salir de las situaciones anormales, comenzado por un trabajo recio, pero noble”. 

Somos gentes de faena, ya no únicamente para alimentarnos, también lo necesitamos como medicina. Que el trabajo sea una parte vital de la dignidad existencial de todo ser humano, es nuestro modo de realizarnos, dando sustento al pan de nuestros sudores, además de cultivarse a sí mismo. Rehacer el trabajo decente, es también dar desarrollo social, para poder amar la vida e intimar con el más recóndito secreto viviente. Dicho esto, se entiende que la desocupación y la precariedad laboral se transformen en sufrimiento, en un ocio forzado o en un vicio impuesto, con consecuencias trágicas colectivas. De ahí, la importancia de que los gobiernos, los empleadores y los trabajadores, deban actuar globalmente para crear lugares de labor más seguros, saludables y justos para todos.

Ciertamente, nos hemos globalizado, pero aún no disfrutamos de este sumatorio de fuerzas, que han de armonizarse en todo el mundo, a fin de que el trabajo moldee profundamente la savia de las personas, dando sentido benefactor, seguridad y oportunidades colectivas. Así tampoco podemos fraternizarnos. Las injusticias son tremendas, a lo que hay que sumarle las nuevas formas de empleo y los cambios demográficos, con sus presiones climáticas y el frio avance de las tecnologías digitales, que están desfigurando la manera en que arrimamos el hombro, haciéndonos cada vez más individualistas, con jornadas de trabajo largas y verdaderamente deshumanizantes. Quizás, nos convendría, poner más amor en lo que realizamos. El trabajo es vida, no muerte.

En efecto, se trata de laborar el quehacer cotidiano a través de un entorno psicosocial saludable, como es la carga de trabajo y el tiempo laboral, la calidad de funciones, la autonomía, el apoyo y los procesos diversos como algo equitativo y transparente, que es lo que realmente influye en mejorar la calidad de vida ocupacional,  afectando a la seguridad, a la salud y al rendimiento. Hemos de reconocer que, cuando estos factores afectan negativamente a la clase obrera, son riesgos que deben abordarse y gestionarse para garantizar ambientes de trabajo, que sean seguros y saludables. Sin duda, es esencial, ya no sólo para proteger la salud mental y física de los trabajadores, sino también para fortalecer la productividad, además del desempeño organizacional. 

Unido a este cúmulo de contrariedades y abandono, de pasividad y de sostén a los desaires, no podemos continuar ejercitando la inhumanidad, sobre todo con los migrantes que suelen ser rechazados y sometidos a actitudes resentidas por muchas comunidades de acogida. Indudablemente, más allá de los aspectos políticos y jurídicos de las situaciones irregulares, jamás debemos dejar en el tintero la pasión por el culto al fomento de la cultura del abrazo, pues por encima de las divisiones geográficas de las fronteras y de los frentes que impulsemos, formamos parte de una única familia humana. Es evidente, que todos tenemos el derecho a encontrar vías dignas, con nuevas oportunidades para poder salir de las situaciones anormales, comenzado por un trabajo recio, pero noble.  

 Por ello, la realización de un remover diario, nos demanda una comprensión positiva y un enfoque eficaz, donde todos hemos de ser considerados como parte de un renuevo social. Nadie debería ser dejado en el camino de la indiferencia, hemos de escucharnos, para servir y cuidar el bien común. No olvidemos que, el trabajo, es tanto un deber como un derecho universal; y, como tal, en un diálogo que también debería reunir a directorios y peones, ha de estar toda la ciudadanía asistida. Sea como fuere, en nuestra casa común que, hemos de trabajarla en comunión y en comunidad, con el mismo nivel de ecuanimidades y obligaciones, tiene que dejar de proliferar la ley del más fuerte, donde el poderoso aún se come al más débil, para decepción del pelaje humanitario. 
 
Víctor CORCOBA HERRERO / Escritor
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