Jueves, 26 Marzo 2026 22:34

3 de mayo de 1903: día de fiesta, el asalto en Villagrande.*

Sebastián quien está cerca de Martín irrumpe: ¿qué, ese tal Emiliano que mencionó, no es Emiliano Zapata?, ¡sí muchacho, el mismo!, parece que él que tenía amigos aquí era su hermano, Epifanio, un joven muy entrón, pero también los nuestros tenían una fama ganada de valientes, y se decía que si algo tenían era que se hablaban de tú con la muerte, así que ya se imaginaran de su valor. Pero continúo muchachos, no quiero que olviden esto: el día 3 de mayo es una fecha importante en nuestra historia.

Todavía no concluía el mes de abril, pero ya los feligreses se preparaban para celebrar a la Santa Cruz. La Parroquia de San Agustín Obispo lucia su majestuosidad, con su inmenso atrio con sus capillas y sepulcros, adornados con ángeles y lápidas con expresiones de cariño a los que ahí reposan; la iglesia en sus paredes que dan a la plaza principal, muestra aún  los impactos de cañones que nos recuerdan que sus hombres, impulsados por el arrojo del coronel Mariano Antonio Tapia, defendieron la plaza del poder español; huellas que recuerdan una gesta de los hijos de Villagrande que lucharon por la independencia y la libertad. 

Abril continuó su marcha, se alejaba y parecía que los fieles disfrutarían con mucha alegría la ceremonia esperada para honrar a la Santa Cruz de Cristo.

En una noche tranquila, pequeñas luces podían verse en puertas abiertas de hogares de los habitantes del Barrio de San Miquel; reinaba el silencio, parecía que la gente reposaba la noche para esperar el nuevo día, pero no todos lo hacían. La tranca de golpe para cruzar un patio que daba a la casa de don Abraham Ramírez, apenas se distinguía una pequeña luz que desprendía un viejo candil; dos siluetas poco visibles parecían mantener una amena e importante plática. Ya avanzada la noche, una figura cerró la tranca sin hacer ruido, montó su caballo y, en silencio se alejó cobijado por la oscuridad de la noche, pues ya aquellas puertas entreabiertas que daban luz ya a esa hora estaban cerradas. El misterioso jinete se perdió en la noche toda llena de estrellas, satisfecho de la charla, y con una postura erguida, mostraba que cabalgaba feliz; pronto llegaría a su destino y compartir con compañeros su ansiada empresa: atacar y sorprender al destacamento de rurales y oficinas de gobierno, que tanto daño han hecho al pueblo; y estos hombres, aun jóvenes no se amilanaban ante el peligro, porque se sabía que si algo tenían era, no intimidarse ante la muerte.

Llegó por fin el mes de mayo, la víspera de la celebración del día tres, ya los feligreses tenían todo preparado, un día de fiesta, una fecha de alegría esperada por una congregación de fieles católicos, que como cada año, en ésta fecha, el amanecer se acompaña con la detonación de una buena cantidad de cohetes, que son lanzados a un cielo azul, de una fresca mañana. Todo parecía que así sucedería y que nada impediría que no lo fuera.

Llegó la noche, esa noche, era una noche obsidiana traslucida, y las calles de tepetate, todas, se abrieron para abrazar a insurgentes que iban apareciendo poco a apoco, uno a uno, jóvenes jinetes cuyo rostro mostraban rabia  y una inquebrantable decisión. Acompañados de un enorme silencio iban a una puntual reunión, unos llegaban por Tlaica, y otros por el cerro de Titilinchi y los zapotes.

¡Esteban!, - ¡mande, don Jesús!- ¿platicaste con los muchachos?,- ¡y muncho, señor!; ellos no tienen miedo, además, ya ve usted, también le tienen rete hartas ganas al gobierno, por eso dijeron, ¡pa’ que esperar más!, ¡hoy es un día de fiesta!- -.muy bien muchacho-: pues a darle duro a esos cabrones- ¡si don Jesús!, y juntos siguieron avanzando a su destino.

Es la barranca del barrio del Tecomaxuchitl donde van reuniéndose los decididos jinetes, y no se rompe el silencio; son las primeras horas de un nuevo día, la corriente de agua se desliza en  zona de tepetate, barranca accidentada con pequeñas caídas que dan un sonido cadencioso, musical; es una corriente de agua que continuara su viaje a la barranca de Coatepec.

En una ladera de la barranca, muy cerca de la reunión, la familia Bosques Saldívar, permanecen despiertos y vigilan a sus pequeños vástagos que se voltean inquietos en esa cama  de otates: dos pequeños bancos y encima un petate con cobijas, donde cada noche reposan; los niños presienten algo a esa hora, la presencia de extraños cerca de su casa, muy cerca.

Con voz baja en esa esa casa, en una habitación aun oscura, el matrimonio sostiene un dialogo. ¡María!, -dime Cornelio-, no se asusten, ¡sé quiénes son!, ve a los niños que no hagan ruido- ¿quiénes son, Cornelio? ¿Los conoces?- ¡si!, son gente de don Abraham Ramírez, tranquila, mujer.

Como testigo de esta empresa, el apenas reciente “Puente de las Flores”. Ahí, a espera de una señal de  don Jesús Morales, éste ejercito de valientes, ascienden el empedrado y toman la Calle Real, son jóvenes herederos de una vieja extirpe guerrera; cabalgan los insurrectos rompiendo el silencio con sus gritos: ¡Muera el mal gobierno!,¡Viva Villagrande!,¡Viva la libertad!. Al entrar a la plaza, donde desemboca la calle, solo se escuchan los truenos de los máuser y después de este enardecido  y prolongado enfrentamiento, cayeron abatidos don Jesús Morales Ríos y su lugarteniente, el joven Amado Sánchez, pero también del otro bando cayeron el alcaide Librado García y otros más. Se dio la retiraba de un grupo de los insurrectos, dejando cuerpos inertes, testimonio del enfrentamiento, y de todo esto, de todo lo sucedido, pronto se dio aviso oficial al dictador, Porfirio Díaz y al gobernador, Mucio P. Martínez. El mensaje era claro, la mecha ya había sido encendida.

Al amanecer del día 3 de mayo, la gente veía con asombro y respeto los cuerpos de los jóvenes, ahí estaba don Cornelio Bosques Pardo tomando de la mano a su hijo Gilberto, que siendo un niño, fue testigo de este histórico momento; ya de joven se alista a la revolución mexicana para terminar la empresa iniciada por los jóvenes de Villagrande, su pueblo. Así fue todo.

¡Que les pareció muchachos?,  y ninguno respondió, Martin y Sebastián, veían a sus compañeras a Luisa y Gabina que limpiaban pequeñas lágrimas de sus ojos, que no pudieron ocultar al escuchar el fin de ese hecho. ¡Muchachos! ya vayan a sus casas y no olviden esto que les conté. –no se preocupe señor, gracias por charla- , y cada uno, toman caminos diferentes hacia sus hogares; mientras que aquel hombre de la barba, se le ve empinarse su inseparable frasco, parece que ansiaba hacerlo, para luego, quedar solo, satisfecho de haber sido escuchado.    

Barrio de Tecomaxuchitl, ciudad de Chiautla de Tapia, 26 de marzo de 20026
*Texto de novela “El hombre barbado” en proceso