Artículo | Algo Más Que Palabras 

“Sólo una humanidad en la que reine el florecimiento de la adhesión y gobierne el estado virtuoso de manera social, podrá gozar de una paz auténtica y duradera”. 

El mundo está revuelto, nos falla el entendernos y el atendernos recíprocamente, para poder salir de estos bríos deshumanizadores e inhumanos, con consecuencias económicas y medioambientales a nivel global, además de un coste en vidas humanas que nos dejan sin palabras. Los bombardeos lo único que hacen es avivar los incendios de la selva, no extinguirlos, y repercutir en todos los horizontes existenciales del planeta. Por tanto, la justicia ha de complementarse con la clemencia; mientras los pueblos deben ser formados e informados en la consideración de este derecho. Nada es antagónico en este orbe, todo se complementa para bien o para mal. Lo importante es liberarse de ataduras, sobre todo de las del odio, para recomenzar un tiempo nuevo, que tome como bandera el níveo afecto.

Indudablemente, la potencia batalladora no es suficiente, si el universo no se abre a la fuerza más profunda del verso; que no es otra, que el auténtico amor, desprendido de intereses, Tampoco hay paz sin donación, ni espíritu donante sin compasión. El apego siempre une, nunca separa latidos. Nos necesitamos entre sí, es una cuestión inherente a la naturaleza. Por eso, la ternura de nuestros propios pulsos, son el modo más sublime y más noble de relación de los seres pensantes. Sólo una humanidad en la que reine el florecimiento de la adhesión y gobierne el estado virtuoso de manera social, podrá gozar de una paz auténtica y duradera. De lo contrario, la tensión se intensificará permanentemente por todos los rincones. 

Desde luego, hemos de salir de esta atmósfera contaminante, que nos está empedrando las entretelas. Nos hemos globalizado, pero nos falta hermanarnos. En efecto, la gente con sus variados vínculos sociales, requiere más que nunca reencontrar la vía de la concordia, al estar contaminada dicha ruta por egoísmos y resentimientos, por afán de poder y hasta deseos de venganza. El aluvión de falsedades es tan fuerte que algunos han ridiculizado abiertamente nuestros valores fundamentales. Cuesta creerlo, pero es así, para desgracia de todos. Será, por tanto, un buen motivo para que los Jefe de Estado y de Gobierno se comprometan a defender el derecho internacional de los derechos humanos, el derecho internacional humanitario y la propia Carta de las Naciones Unidas.

Las arterias comerciales del astro, al igual que la maquinaria humanitaria se resienten, ante tantas contiendas e incertidumbres. En consecuencia, la distensión es vital ante la riada de tragedias que nos afligen a diario por los espacios existenciales. Tenemos que entrar en razón, respirar profundo para poder elegir el camino del diálogo y la diplomacia, pues la quietud es precisa para la armonía y la común vocación de la familia humana. La locura de los enfrentamientos es la mayor torpeza de una generación, que tiene que ser instrumento de reconciliación, sobre cualquier acontecer. Sin duda, hemos venido a la tierra para realizar proyectos de vida, no de muerte, lo que debe hacernos detener la carrera armamentista y poner en el centro del quehacer asistencial a los más vulnerables.

La estabilidad y la conciliación no se construyen, ni tampoco se reconstruyen, con amenazas de poder mutuas, ni con armas y sí con alma. Corazón a corazón es como se siembra lo verídico, la extensión de la mano y el abrazo sincero. Asumir esta responsabilidad moral, contribuirá a detener la espiral de violencia antes de que se convierta en un abismo irreparable. No repitamos los errores del pasado. Comencemos por incluir la gestión de recursos naturales en los acuerdos de paz, sancionando el comercio ilícito, sabiendo que la razón de ser de cuantos gobiernan radica por completo en el bien común. En prenda de esta transparente colaboración global; y, como un estímulo para las buenas energías esparcidas, decir que un cosmos se renueva cuando dos se aman sin codicia. 

Víctor CORCOBA HERRERO / Escritor
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Artículo | Algo Más Que Palabras 

“Fomentar la vía del diálogo en un mundo globalizado como el actual, es lo más acorde para no caer en una espiral destructiva, que nos deja sin conciencia en un territorio salvaje. No hay que ser el más león, sino el más conciliador”. 

Debemos calmar los ánimos y colmarnos de paciencia, con lenguajes de concordia y abecedarios de apaciguamiento, para poder desarmarnos y tejer otro porvenir más armónico, con un quehacer además desprendido y un obrar clarividente. Hoy más que nunca, tenemos que ganar quietud en nuestro propio fuero interno y trabajar la transparencia del cantar de la vida, si en verdad queremos encender los corazones de afectos. Nadie puede ofrecer lo que no posee. Por ello, hemos de cultivar los acuerdos cada día, haciéndolos presencia y camino en nuestros andares. De lo contrario, se impregnará en nosotros un gran sentimiento de impotencia, ante el curso de los acontecimientos, cada vez más inciertos. 

Cuando convenimos la coalición entre cultos y culturas como un ideal lejano, terminamos por no considerar escandaloso que se activen las contiendas, e incluso que se fomenten las batallas para poner orden. No hay nada más mezquino que esta actuación guerrera. Como gentes de verso en verbo que debemos ser, la agresividad hay que destronarla de nuestros diarios existenciales; máxime sabiendo que cuando estallan los conflictos, los niños son los más afectados. Desde luego, la mejor protección es acabar con las guerras. Ojalá que sea el conocimiento y la comprensión, lo que se valore plenamente en todas las sociedades. Esto significa cumplir con las obligaciones del desarme, reconstruyendo la familiaridad y reforzando las atmosferas del entendimiento entre análogos. 

Fomentar la vía del diálogo en un mundo globalizado como el actual, es lo más acorde para no caer en una espiral destructiva, que nos deja sin conciencia en un territorio salvaje. No hay que ser el más león, sino el más conciliador. Se nos olvida que, buscando el bien de nuestros semejantes, también encontramos el nuestro. La bondad, más que ninguna otra cosa, es lo que mejor desarma a los hombres. Quizás, por eso, sea bueno a veces volvernos párvulos. Nada tiene la capacidad de cambiarnos tanto como un hijo. Está visto que nada nos inquieta, como pensar en nuestros descendientes y en su fragilidad, hasta el extremo de hacernos más humanos y lúcidos, respecto a lo que permanece o a lo que pasa, a lo que da savia y a lo que provoca muerte. 

Sea como fuere, a poco que nos adentremos en la cotidianidad de nuestro mundializado diario, percibiremos que el sueño de la estabilidad y el equilibrio parece un imposible, puesto que cada aurora está todo más en peligro. El uso de armas nucleares está ahí, es el más grande en decenios. La crecida de tensiones tampoco cesa, llevándonos a un gasto militar que verdaderamente causa pavor. Lo mismo sucede, con el aluvión de oscuridades sembradas, a las que hay que añadirle todo tipo de armas que están proliferando y que, sumadas a las tecnologías emergentes, hacen que los trances sean aún más tóxicos. Ojalá aprendamos a discernir, comenzando por reconocer que una tregua internacional verdadera y constante no puede apuntalarse en el equilibrio de fuerzas militares, sino en la confianza recíproca. 

Es deseable que, cada espacio viviente, se convierta en un espacio habitable de convivencia; sin conveniencia, donde cada cual aprenda a reprenderse para poder desactivar la hostilidad, que reina y gobierna en muchas partes del planeta. La unión no es una utopía, se trata de comprometerse con el cumplimiento de las condiciones acordadas, para iniciar una alianza firme y amistosa; lo que conlleva tomar la cultura del abrazo, como senda de la mediación y sanación. Un espíritu reconciliado consigo mismo, sabe apaciguar también con los demás, y no levantar la espada de la discordia, que es lo que nos tritura el alma. Un nuevo orbe nace cuando dos seres se abrazan. Cultivemos esta hazaña, ¡amándonos! Venga a nosotros, pues, el pan de cada día con la paz en cada noche. 

Víctor CORCOBA HERRERO / Escritor
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Sábado, 21 Febrero 2026 17:05

Quien quita el riesgo, quita la caída

Artículo | Algo Más Que Palabras 

“Salvaguardar nuestras místicas entretelas, es un modo de avivar el sentimiento cerebral y de intensificar el orbe del discernimiento, para vencer la oleada de tormentos que nos bañan a diario, a través del mar de los deseos”. 

A estas alturas existenciales no es fácil resistirlo todo, nadie está graduado en la cátedra viviente, pues la sorpresa siempre está ahí, con su aluvión de aguijones e impidiéndonos alzar el vuelo sin vacíos ni vicios. Los venenos nos acosan, en cualquier esquina, a la espera de nuestra debilidad. Por tanto, es fácil correr riesgos siguiendo los criterios del mundo, sustentados en el apego a las cosas, la desconfianza y la sed de poder mundano. Quizás deberíamos mirar con otros ojos, aquello que nos circunda; para ser más del cielo que de la tierra, aunque transitemos ahora por ella. Realmente, lo que nos embellece es la comunión de pulsos, el rehacernos a la métrica del verso, que es lo que nos injerta compañía y esperanza, jamás soledad, ni tampoco desesperación.

A mi juicio, es muy importante trabajar las miradas, fomentar las escuchas, propagar la cultura del abrazo y reservarse de los peligros e inseguridades, que suelen dividirnos y enfrentarnos. Por eso, es trascendental tener tiempo para uno; y, así, poder reflexionar sobre nuestras propias huellas. Es el único modo de evitar las caídas, reforzando los innatos latidos que cada mortal lleva en su interior, como seres creativos que somos.  Si no eres consciente de los trances y las inseguridades, puedes causar estragos. Sea como fuere, me parece muy oportuno que se reclame a gobiernos y a empresas, el establecimiento urgente de protecciones para evitar que la tecnología profundice la desigualdad, amplifique las simulaciones y genere daños en el corazón de las gentes.

Salvaguardar nuestras místicas entretelas, es un modo de avivar el sentimiento cerebral y de intensificar el orbe del discernimiento, para vencer la oleada de tormentos que nos bañan a diario, a través del mar de los deseos. Hay que poner límites, comenzando por uno mismo. El camino de la dominación nos enfurece, en lugar de calmarnos; hemos venido a servir y no a ser servidos. El amor auténtico es lo único que nos salva. Nadie es más que nadie, ni menos que ninguno. Cada cual es un pulso necesario e imprescindible; pero, para ello, es menester trabajarlo todo con humilde creatividad y no utilizarlo para los oportunos intereses, para la propia gloria y el particular éxito. Vivir sin meditar es peligroso, obliga a conformarse con la vida, y uno debe sentirse libre para crear y recrearse.

Los ojos del espíritu son los que nos hacen resplandecer en este persistente valle de lágrimas; no permitamos que nos los corrompan. Las pruebas a las que la sociedad actual somete a los individuos de corazón y vida, son muchas y tocan la vida personal y social. Ciertamente, no es fácil oponerse públicamente a opciones que muchos consideran obvias, pero cuando se pierde el sentido místico se agranda la deriva, socavando no sólo el bienestar individual, sino también la cohesión social y el avance humano, deshumanizándonos por completo, lo que convierte la salud mental en una cuestión que afecta a todas las dimensiones de la vida. Indudablemente, para hacer frente a este reto, también ser requiere una voluntad colectiva.

Quitemos el riesgo de las divisiones, destronemos las inhumanidades que a diario nos atrapan, para que el porvenir sea nuestro, que va a depender mucho de que la dicha anímica sea verdaderamente universal. Explorarnos internamente, no supone que debamos dejarnos invadir por los espejismos, las apariencias o las cosas materiales, lo que significa hacer espacio para bregar conjuntamente, que será de este modo como nos reencontraremos para poder modificar nuestro combate incorpóreo, renovando las promesas del verso que soy en el etéreo verbo. No olvidemos que estamos llamados a caminar por las sendas de la concordia, renovando la nítida inspiración celeste que somos, sabiendo que no hay mal que por bien no venga.

Víctor CORCOBA HERRERO / Escritor
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Miércoles, 18 Febrero 2026 21:03

Un camino compartido; de asistencia y existencia

Artículo | Algo Más Que Palabras 

“Prestarle apoyo al clamor de los miles de oprimidos, aparte de ser una necesidad, es un deber; para dar comienzo a una historia de liberación, que no es un privilegio, sino un hábito que ha de lograrse”. 

La vida, por sí misma, es un itinerario de apego a compartir con todo lo que nos rodea y hacia todo. Ojalá recobremos este impulso donante, sin interés alguno, con docilidad y sentimiento auténtico. Lo sustancial es sustraerse de lo maligno para volver al espacio del verso que somos; si en verdad queremos retornar al torno de la quietud y crecer corazón a corazón, acrecentando los vínculos místicos, que son realmente los que nos dan aliento y alimento para poder subsistir, dejándonos entrar en relación lírica con nuestros semejantes. Esto supone reorientarnos continuamente, creando una mano de obra tan veraz como tenaz y una sociedad tan equitativa como humana. De lo contrario, nos hundiremos en la inhumanidad permanente y en el desorden deshumanizante continuo. 

El cambio al llamamiento siempre está ahí, lo importante es la escucha y el discernimiento. Hacerlo con pasión es ya un gran avance, máxime en un tiempo en el que multitud de niños están obligados a vivir bajo tierra para sobrevivir a la guerra, o la afluencia de migrantes, refugiados y solicitantes de asilo que se enfrentan continuamente a violaciones sistemáticas y generalizadas de derechos humanos, originando incesantes desórdenes y violencias. Prestarle apoyo al clamor de los miles de oprimidos, aparte de ser una necesidad, es un deber; para dar comienzo a una historia de liberación, que no es un privilegio, sino un hábito que ha de lograrse. Ningún humano puede amar sus cadenas, aunque sean de oro puro, precisamos no ser esclavos y ser poesía; nunca poder, sino siervos.

La pasividad es mal fundamento vital. Quien no ha compartido la disputa, compartirá la derrota. En efecto, somos caminantes de afectos, cultivados con níveo pulso. Proteger los andares y restaurarse de los tropiezos, requiere estar siempre en guardia, como un poeta, para no confundirnos de ritmos. Lo capital es dar prelación, tanto a las personas como al planeta. Las gentes que participan y expresan sus sentimientos se adaptan mejor al deseo de ser autónomos, sabiendo ser justos. Ahora bien, debido a esa comunión de latidos, nadie puede ser perfectamente libre hasta que todos lo sean.  Unirse y reunirse, por consiguiente, es fundamental; ya no sólo para reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, también para que no se quede sin respuesta su llamada. 

¡Triste época la nuestra! Es más fácil descomponerlo todo que componer bríos armónicos, quizás porque no activamos la caridad en nuestra propia casa y la justicia en la puerta de al lado. Personalmente creo, que nunca es tarde para reconstruirnos; empecemos por despojarnos de mundo, por abstenernos de utilizar vocablos o verter miradas que lastimen a nuestro prójimo. Tampoco hagamos juicios, cultivemos el abrazo como caricia y el acompañamiento como misión, sobre todo ante tantos modelos explotadores, que nos dejan sin aire. Situar la justicia social en el epicentro de las agendas políticas internacionales, nacionales y regionales; es un buen hacer para rehacerse como sociedad, ya que donde hay poca justicia es un peligro tener razón y adquirir recta conciencia. 

En suma, que todo parte de la estima y tiende al aprecio celeste, no a este coqueteo mundano que todo lo corrompe de falsedades y de comerciales prácticas, que nos amortajan hasta la ilusión de vivir y de injertarnos savia entre sí, incapacitándonos para entendernos y atendernos mutuamente. No olvidemos que auxiliando a los demás, descubrimos nuestra propia compasión. Este es un proceso que siempre está en camino: el amor de amar amor, jamás se da por concluido y completado. De aquí deriva, para toda la humanidad, el deseo de cooperar entre sí y de no caer en la desolación, que suele originar la indiferencia y el abandono a quererse de verdad. Ninguna acción es más benéfica y, por tanto, caritativa hacia al análogo, que enamorarnos de la existencia correspondida.  

Víctor CORCOBA HERRERO / Escritor
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Sábado, 14 Febrero 2026 17:08

En un mundo abatido, hay que animarse

Artículo | Algo Más Que Palabras 

“Todos estamos en el pozo negro, pero algunos miramos al cielo, buscando nuestra propia estrella y soñando dulcemente con el soplo de las ilusiones. Sigamos esos pasos, los de la concordia, aunque nos pongan zancadillas a diario. Aplacarse y donarse es la gran tarea humanitaria pendiente”. 

Es cierto que quien espera, puede caer en la desesperación; pero siempre es mejor viajar lleno de sueños, aunque sea un riesgo que hemos de correr, que caminar sin ansia, pues sería como morirse en espíritu. Lo sustancial radica en activar los latidos, convirtiendo el pulso en una comunión de sinceros abrazos, para poder transformar las ofensas en clemencia, el sufrimiento en consolación y los sanos propósitos de perseverancia en obras caritativas. De hecho, la misma naturaleza que nos acompaña y acompasa, tiene un estilo sorprendente que debe forjarnos a hacer pausa, al menos para reflexionar e iluminar las conciencias de ese bondadoso innato sentido natural, para que podamos gestar un porvenir que nos vincule y fraternice en calor de hogar.

Hay nubes, pero también claridades; como igualmente hay penas sobre un cielo azul, pero además un poema de anhelos, dispuesto a esclarecer la noche para renacer en un esplendoroso día, contra nuestra desolación. Desde luego, hay que levantarse siempre y renacer cada jornada, con la confianza repuesta y la expectativa cargada de positivismo. La indiferencia no es humana, somos gente de palabra y corazón, a ejercitar con el prójimo. Con ellos y por ellos, hemos de palpitar de modo perseverante en la entrega de un nosotros; además de hacerlo, por los injustos, para que modifiquen sus actitudes y encuentren la paz. Entre tanto, con la certeza de que ya nos hemos globalizado, nos resta hermanarnos a la vida que somos y al verbo que conjugamos, como latido de benevolencia. 

Cultivemos el esfuerzo cada instante, sin que nadie quede fuera de juego. El mundo es de todos y de nadie en particular. Lo que no puede suceder a estas alturas del camino, que se pongan en riesgo los servicios esenciales o el sistema de alimentos, en cualquier parte del planeta, y siempre afecte a los grupos más vulnerables. Demos albor a los que caminan entre sombras y, la alegría, secará las lágrimas vertidas por doquier. No olvidemos que todo se restaura por el auténtico amor, sin apenas hacer ruido alguno, pero lleva consigo una existencia entregada. Sin exhibiciones terrenales, ni tampoco intereses mundanos, dejémonos alimentar y alentar por esta unión de percusiones. Luego, hagamos recogimiento y mantengamos la autocrítica; sólo así, podremos discernir con sabiduría y prudencia. 

Evidentemente, la visión contemplativa es esencial para describir y descubrir, lo que está sucediendo en este orbe que nos atraviesa y nos apresa con su abecedario de contrastes entre las tinieblas y la luz. Es verdad, que  de un tiempo a esta parte, la violencia parece ser nuestro lenguaje. Con esta atmósfera de hostilidad en el horizonte, desbordada por la polarización política, las presiones económicas y sociales, la amplificación de la ira a través de las redes sociales y la disminución de la confianza en las instituciones públicas, cuesta mucho atenderse y entenderse; pues ya no se trata de una confrontación de ideas entre análogos, lo cual es normal y forma parte de la diversidad, sino de una verdadera lucha de identidades, no respetuosas con el pensamiento de los otros. 

Ahora bien, que estemos preocupados y ocupados en salir de la incertidumbre y del miedo, no debe significar que todo está hundido, también en cada sollozo debe perdurar una expectativa, pues es la savia misma amparándose. Todos estamos en el pozo negro, pero algunos miramos al cielo, buscando nuestra propia estrella y soñando dulcemente con el soplo de las ilusiones. Sigamos esos pasos, los de la concordia, aunque nos pongan zancadillas a diario. Aplacarse y donarse es la gran tarea humanitaria pendiente. Seguramente, entonces, nos reencontraremos mutuamente. Será, por distintas sendas, pero ya no estaremos distantes, porque habremos sabido escuchar el dolor ajeno y liberarnos interiormente del engaño de la intimidación. 

Víctor CORCOBA HERRERO / Escritor
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Miércoles, 04 Febrero 2026 16:52

Mirar con confianza hacia adelante

Artículo | Algo Más Que Palabras 

“Haciéndonos familia, percibiremos que no estamos solos y que pertenecemos a alguien que nos ama, con el itinerario de la cercanía y del acompañamiento, máxime cuando la ley de la selva está sustituyendo al estado de derecho por todos los rincones del planeta”. 

La situación no es fácil, tampoco nunca lo ha sido, lo importante radica en saber reconducirse y en reorientarse para reconstruir nuestros propios andares vivenciales, con el estímulo de la esperanza, fruto del ejercicio continuo, situado en un buen hacer y en un mejor obrar cada amanecer. Indudablemente, somos seres de acción y reacción, en busca de un horizonte que nos cristalice humanamente. Para ello, es necesario decir sí a la vida, sí al amor, sí a los demás, sí a la educación, sí al deporte, sí al trabajo de cada día, con sus nuevas oportunidades, para una vida sana y saludable, que nos aleje de cualquier espiral de destrucción. Pensemos en esa juventud, que no estudia ni trabaja, entran en esa falta de perspectiva y, la primera oferta, son las dependencias al vicio y al vacío. 

En consecuencia, hoy más que nunca, se precisa trabajar en la prevención de este tipo de desajustes, con una mirada integradora, uniendo vínculos y esfuerzos en favor de una existencia más fraterna, que es como se levanta el ánimo, tras las caídas. Saciar el hambre de verdad, en un mundo de falsedades, para dar sentido a nuestros pasos es algo trascendente; porque sin fundamento veraz, ni significados auténticos, se puede caer en la maligna ociosidad e incluso se puede fenecer. Haciéndonos familia, percibiremos que no estamos solos y que pertenecemos a alguien que nos ama, con el itinerario de la cercanía y del acompañamiento, máxime cuando la ley de la selva está sustituyendo al estado de derecho por todos los rincones del planeta.

Ciertamente, hemos de reconocer que, ante la multiplicación de conflictos, se globaliza la tensión mundana y se desvanece la confianza en las instituciones, así como en las normas internacionales, lo que agrandan los abusos más crueles y la denegación de ayuda humanitaria vital. Acostumbrarse a este tipo de atmósferas, es como morir en vida. Necesitamos, por consiguiente, estimular la protección para ganar serenidad en nuestra peregrinación por la tierra. Tenemos que salir de estos absurdos quebrantamientos a la convivencia. Tales violaciones sientan precedentes peligrosos, fomentan la impunidad y erosionan la fidelidad entre las naciones. Desde luego, no puede haber una concordia sostenible o justa, sin rendición de cuentas.

Al mismo tiempo, téngase presente la imposibilidad de ir por la vida sin confiar en nadie; es como estar preso de uno mismo en la peor de las celdas. Hay que hacer comunión y unión entre culturas y cultos. De ahí, la importancia de ser gentes de palabra y de verdad, de conciencia crítica y de pasos firmes, coherentes y decididos. Sin embargo, cuando el endiosamiento y la soberbia gobiernan nuestros propios interiores, se destruyen todas las virtudes y el panorama no puede ser más desastroso, hasta el extremo de que el comportamiento del justo molesta, porque los poderosos y los perversos lo sienten como una reprobación. Todos estos aluviones de pesares y desconciertos, exigen una coordinación global más profunda y una acción colectiva decisiva.

El progreso sostenido dependerá de reconstruir la confianza entre nosotros, de fortalecer la previsibilidad y de renovar el compromiso con un sistema multilateral de espacio abierto, basado en normas. Sea como fuere, y en medio de las tempestades de la vida, esto hará reducir los riesgos sistémicos y fomentar una economía mundial más estable y equitativa. La diversidad no es algo que deba asustarnos, es algo hermoso de lo que debemos estar satisfechos. Lo sustancial es aprender a liderar, conversación a conversación, porque la paz no se puede construir únicamente a través de la geopolítica. Precisamos un autoexamen, además. De este modo, gozaremos de una quietud más inclusiva, más humana y que sean los jóvenes quienes la construyan.

Víctor CORCOBA HERRERO / Escritor
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Artículo | Algo Más Que Palabras 

“Cada día, debe ser un nuevo renacer a la concordia, jamás a la desunión o a las absurdas contiendas. Lo nefasto de uno mismo radica, precisamente, en tener un fondo cerrado y endurecido. Quien se conoce a sí mismo, nota que somos un instrumento de muchas cuerdas y las ofrece; pues, lo trascendente, está en saber vibrar con todas y, como un buen compositor, componer la mejor melodía para vivirla”. 

La realidad nos sobrecoge, unidos internamente podemos marcar las diferencias y remarcar las semejanzas, comenzando por un itinerario anímico de formación, que tiene su naciente en nuestros propios pulsos y pausas. Tenemos que retomar el camino del corazón, pues es la mejor guía para saber cómo morar y vivir en el discernimiento permanente. Resulta muy valioso despojarse de vicios y vacíos, para poder adentrarse en otro horizonte más espiritual que terrícola. La tarea no es fácil, nada lo es; pero tal vez, si fomentásemos más el diálogo frente a la división, tendríamos más quietud interna y mejores deseos, que fructificarían en satisfacción. Ya está bien de tanto penar y de no hacer nada por cambiar de aires. Nos merecemos un giro: pensar más y mejor.  

En efecto, la tristeza, el descontento o el desagrado tienen sanación, con un espíritu de tolerancia, de respeto mutuo y de consideración hacia nuestros análogos. Quizás tengamos que aprender a convivir con nosotros mismos, a querernos para poder legarnos, hacia la ruta del compartir y del donarse. Por desgracia, todavía no hemos ejercitado el sencillo arte de vivir como hermanos.  Resulta asombroso que la humanidad se deshumanice por completo, con inhumanidades verdaderamente crueles y aún no sepa convivir con la diversidad. Hay que fraternizarse; y, por ello, practicar la correspondencia de latidos es la mejor revuelta para adquirir conciencia de la verdad y de la bondad, de la justicia y de la injusticia. Sólo así, no se perderá un repique benefactor, por falta de abrazos y oportunidades.

No hay en el mundo señorío más fructífero, que la libertad para la comunicación humana, lo que nos demanda una visión de comunión profunda, haciendo valer y valorando los maravillosos frutos del ingenio y del constante trabajo, que todos llevamos consigo. De ahí, la importancia de serenarse, para poder entrar en diálogo con nuestros interiores y después poder compartir la hazaña. Cada día, debe ser un nuevo renacer a la concordia, jamás a la desunión o a las absurdas contiendas. Lo nefasto de uno mismo radica, precisamente, en tener un fondo cerrado y endurecido. Quien se conoce a sí mismo, nota que somos un instrumento de muchas cuerdas y las ofrece; pues, lo trascendente, está en saber vibrar con todas y, como un buen compositor, componer la mejor melodía para vivirla. 

Ciertamente, como poetas en guardia, tenemos que combinar a diario, la mejor mezcolanza de vocablos para que nos lleguen al alma, y podamos palpitar armónicamente. Es cierto que muchos fallecen o se suicidan ante los obstáculos de aquí abajo, esto nos pasa por no creer en nosotros mismos. Cultiva primero tu esfuerzo y tus andares saltarán todas las dificultades. Tampoco dejemos nada primordial para mañana, si hoy lo podemos hacer. Sin duda, hemos de revisarnos entre luces y a tiempo completo. La iluminación no llega porque sí, que también, lo que nos demanda un examen diario de autocrítica formativa, para ser liberados de fáciles sugestiones y manipulaciones que los mass media pueden provocar, sobre todo si es en daño de la evidencia y de la moral.

Bajo esta atmósfera de intereses y teniendo en cuenta que, lo esencial suele ser invisible a los ojos, protejámonos si puede ser con calor de hogar, porque de él siempre emana amor y vida. También debemos escucharnos mucho más. Tener tiempo para nosotros es vital, al menos para reconocer la humanidad del otro. Esto significa rechazar la discriminación, el racismo, la xenofobia y el discurso de odio o venganza, que ahora tanto prolifera por todos los rincones del planeta. Hagamos, pues, de la cotidianidad un tratamiento de ejercicios que nos acerquen entre sí. Las pequeñas decisiones que tomamos a diario, con naciente mar adentro, suelen fecundar sueños que fortalecen lazos, que vierten paz y transparencia. Lo que necesitamos hoy, como el comer.

Víctor CORCOBA HERRERO / Escritor
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Jueves, 29 Enero 2026 08:54

Temperar el mundo; deber de cuidado

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“Nuestro mejor vivir es aquel que nos implica conjuntamente, corazón a corazón, en el respeto y en el tacto por salvaguardar los derechos humanos. Por ello, algo que tenemos que tener siempre en cuenta, es que no se accede a lo auténtico sino a través de la entrega generosa, sabiendo que donde no hay apego por el análogo tampoco puede haber justicia”. 

En este momento, en el que proliferan multitud de angustias e incertidumbres, nos toca poner calma y acoger el don de la esperanza en nuestro vivir existencial. Estos síntomas de desorden revelan una enfermedad social en un mundo globalizado que demanda el deber de consideración, sobre todo en aquellos seres más indefensos, entre los que están los niños a los que hay que proteger contra el maltrato, la explotación y la trata de persona, al igual que a nuestros mayores, que teniendo en cuenta que superarán en número a los menores de dieciocho años muy pronto, las políticas deben garantizar un acceso equitativo a las prestaciones de jubilación, abordando las necesidades sanitarias específicas de cada sexo, reforzando los sistemas de apoyo social para aliviar la carga de las atenciones. 

Debemos entrar en sanación con todo, también con la naturaleza y la economía. En este sentido, la diversidad biológica es crucial para la salud humana, el suministro de alimentos, el transporte y las actividades económicas que generan empleo, como la pesca y el turismo. Evidentemente, los humedales son vitales para la supervivencia y para nuestro clima, proporcionando servicios ecosistémicos esenciales como la regulación del agua, incluyendo el control de las inundaciones y la purificación del agua. No olvidemos que una octava parte de la población terrestre, que viven en zonas rurales y urbanas de todo el orbe, dependen de los lodazales como medio de sostenimiento y desarrollo. 

El fruto de un crecimiento económico ilícito, en parte se debe a que se prescinde de los valores humanos fundamentales, ocasionando afluencia de daños infringidos a la casa común. ¡Es una inmoralidad que clama al cielo! Ante esta grave situación dominadora, tampoco podemos quedar indiferentes. El degrado ambiental de querer poseer y subyugar la naturaleza, es cruel. Cada pueblo puede tomar de la bondad de la tierra lo que necesita para su estabilidad vivencial, pero también tiene la obligación de protegerla y ampararla. No podemos deshumanizarnos, somos seres sociales, creativos y solidarios, con una inmensa capacidad de amar. El amor todo lo alcanza y percibe. Ahí radica la sanación, en activar la valía y no el dinero como valor, pues todo lo mercantiliza. 

Desde luego, no somos seres adoquinados, entonces realmente podremos inspirar ilusión para regenerar una atmósfera más sana y justa. Algunos dirán que, como individuos, no podemos hacer mucho. Es cierto, pero cada uno puede ser una gota que, unida a muchas gotas, puede convertirse en un mar. No hay que tener miedo a nada, jamás miremos hacia otro lado, cuando veamos la multitud de esclavos que transitan por nuestros ojos cada día. Nuestro mejor vivir es aquel que nos implica conjuntamente, corazón a corazón, en el respeto y en el tacto por salvaguardar los derechos humanos. Por ello, algo que tenemos que tener siempre en cuenta, es que no se accede a lo auténtico sino a través de la entrega generosa, sabiendo que donde no hay apego por el análogo tampoco puede haber justicia. 

Sin duda, no hay mejor cuidado que cuidarse de la ambición, ya que únicamente quien sabe custodiarse a sí mismo, sabe quererse y sabe velar lo ajeno como si fuese propio. En efecto, nuestro tránsito por aquí abajo es dar vida, como un derecho natural que es; no la muerte, que debe ser acogida, nunca suministrada. Preservar la fragilidad de los entornos y de las gentes, significa batallar y hacerse cargo, defendiendo la identidad de toda pulsación viviente, ante tantas violaciones y violencias que nos sobrecogen en cualquier esquina. Así las cosas, y deseando avivar una sanación celeste, tenemos que comenzar por aprender a reprendernos, cada cual consigo mismo, haciendo todo lo posible por mantener una actitud valiente, promoviendo espacios de diálogo para atendernos y entendernos. 

Víctor CORCOBA HERRERO / Escritor
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Artículo | Algo Más Que Palabras 

“Jamás abandonemos la ruta del entendimiento, pero tampoco la de la meditación, comprometiéndonos a defender la dignidad y el sentido humano de las cosas”. 

Cada criatura es única y distintiva, ya no sólo por sus rasgos, también por nuestros propios pensamientos, que han de moverse libres de imposiciones; pues todo lo que convenimos, quizás sea el resultado de lo que hemos reflexionado, sustentado todo ello, en nuestras corrientes y sostenido por nuestros juicios. Desde luego, somos una especie pensante, con una vocación insustituible e incomparable, innata y existencialmente singular, que navega muy por encima de cualquier algoritmo. Cuidado, por consiguiente, de dejarnos dominar por la tecnología digital. Corremos el riesgo de activar el mayor de los males, la confusión permanente y mundializar la mentira como rectitud, volviéndonos máquinas en lugar de personas. 

Por ello, hay que proteger la sabiduría y el conocimiento, la conciencia y la responsabilidad, los valores y los principios, que hemos generado como civilización. Trabajemos con el corazón, seguramente entonces, las relaciones entre nosotros mejorarán. En consecuencia, el desafío no es tanto técnico, sino antropológico, en la medida que seamos libres de expresar, con autocrítica, determinación y discernimiento, la semilla de la acción, a través de nuestras habilidades cognitivas, emocionales y comunicativas; que han de reorientarse en la defensa de los derechos universales. Jamás abandonemos la ruta del entendimiento, pero tampoco la de la meditación, comprometiéndonos a defender la dignidad y el sentido humano de las cosas.

Cuidado con corromper los lenguajes, que los axiomas pertenecen al auténtico amor, que es desde donde emanan los grandes proverbios y los avances. En efecto, antes hay que sentir el níveo pulso, para luego dejar latir con el alma, las ideas inspiradoras, que realmente nos avivan el proceso creativo de los talentos, recibidos de la naturaleza y que nos acrecientan el espíritu humanitario, como individuos contemplativos. Ciertamente, uno tiene que aprender a quererse, pero además debe dejarse oír sin ocultar el rostro. En suma, que ha de ser siempre, un ser de palabra y de quehacer, sin fingir actuaciones ni simular relaciones. No olvidemos, que estamos inmersos en una dimensión empedrada de hipocresías, lo que nos requiere distinguir cada cual consigo mismo, la realidad de la ficción. 

Sea como fuere, la humanidad en su conjunto, está llamada a cooperar en esa protección natural, que al mismo tiempo, ha de comenzar también por amparar nuestro propio nido existencial. En este sentido, la autenticidad de uno mismo como la pureza de lo natural, es vital para que la savia prosiga encauzando versos y vertiendo poemas, con más deleites que penas. Por ejemplo, en las poblaciones sin acceso a energía limpia,  la falta de seguridad de suministro energético dificulta la educación, la atención médica y las oportunidades económicas; y, muchas de estas regiones en desarrollo, aún dependen en gran medida de combustibles fósiles contaminantes para su proceder diario, lo que eterniza la indigencia.

Hoy sabemos por la ciencia, que un futuro con energía limpia está a nuestro alcance, como también percibimos que, si ponemos los pies en la tierra y las entretelas en lo celeste, tendremos tiempo para reflexionar críticamente, como amantes de las virtuosas letras con las que obramos, para evaluar la fiabilidad de las fuentes y los posibles intereses que hay detrás de la información que se nos ofrece. Todos estamos llamados a colaborar, nadie por sí mismo y tampoco ninguna industria, puede afrontar el reto de impulsar la innovación digital y la gobernanza de la Inteligencia Artificial (IA) por sí sola. Ojalá aprendamos a reprendernos, a cooperar en la construcción e implementación de una ciudadanía digital consciente, comprometida con la verdad/bondad y con la vida de todo ser. 

Víctor CORCOBA HERRERO / Escritor
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Artículo | Algo Más Que Palabras 

“Al igual que la perenne providencia, que con su destello guió a los Magos a Belén, así también nosotros, con nuestro amor, podemos proteger a multitud de seres indefensos en escenarios de contiendas absurdas; muchas de ellas, iniciadas en su propia familia”. 

En nuestro afán y desvelo por aquí abajo, buscamos siempre y rebuscamos sin cesar la estela luminosa, que nos imprime calor de hogar sin llegar a consumirse jamás, porque es la única luz que nos hará felices. Ciertamente, el auténtico amor todo lo resplandece, incluso en las noches oscuras de la vida. Al igual que la perenne providencia, que con su destello guió a los Magos a Belén, así también nosotros, con nuestro amor, podemos proteger a multitud de seres indefensos en escenarios de contiendas absurdas; muchas de ellas, iniciadas en su propia familia. Proteger a los más débiles, ya sean menores o mayores, es una obligación ya no sólo jurídica, también natural de todo ser humano. No olvidemos que cada día es una pequeña vida; y, como tal, hemos de compartirla hermanados. 

Realmente, ni los abusos y tampoco los atropellos, pueden normalizarse. Cada ciudadano está en la obligación de actuar y ser firmes para cambiar el aluvión de injusticias, que nos están deshumanizando por completo. Ojalá en este tiempo, de tantos sueños para recomenzar nuevamente,  tengamos un instante para deliberar sobre nuestro modo de amar y quererse. Porque el amor es esto: cercanía, clemencia y afecto. Y para ello, no precisamos instrumentos extraordinarios y muchos menos medios sofisticados, solo requerimos un corazón desprendido, que sea generoso en la acogida, humanitario y caritativo. En consecuencia, mientras miramos a los Magos que, con los ojos inequívocos en el cielo rastrean el místico lunar, adentrémonos en nuestro propio océano interno y reencontrémonos. 

Hallándonos es como uno se puede donar, ponerse en servicio desinteresadamente, hacerse y rehacerse como siervos los unos para los otros, dejando la dominación y el poderío en la isla de la exclusión. Llegamos así al gozo del altruismo, algo innato en todo níveo corazón, como esa luminaria que es visible para todos. Los Magos no siguen los avisos de un código oculto o sectario, más bien observan a un astro que ven brillar en lo inmaculado, no en el egoísmo mundano. Ellos lo perciben, desde su humildad; otros, sin embargo, como Herodes y los doctores, ni siquiera se dan cuenta de su aparición. La buena estrella que, en el fondo todos llevamos consigo, siempre camina con nosotros; es cuestión de abrazar lo celeste, de revolverse contra sí y de volverse poesía. 

En el verso que somos, como verbo naciente cada aurora, radican nuestros latidos verdaderos y ellos son nuestra esperanza. El Creador de nosotros lo hace corazón a corazón, no cuerpo a cuerpo, y este es un mensaje importante para sentirnos acompañados por ese orbe invisible de pulso vivo y de pausa contemplativa.  Sin duda, nos urge retornar a esa inocencia para sentir el desvelo de que un descendiente protegido es un futuro seguro. Indudablemente, el planeta requiere que sus moradores se fraternicen, para reconstruir un porvenir en el que todos los chavales tengan una oportunidad real de vivir en paz, de aprender a reprenderse y prosperar. Recordemos, que lo que se les de a los críos, los críos lo darán a la sociedad. 

Esto nos demanda un cambio,  cultivar la inspiración y ejercitar nuestro tránsito por la tierra, como poetas en guardia permanente. Pensemos, además, que los niños son como luceros, nunca hay demasiados; que los jóvenes son como olas, necesitamos de su movimiento para sentirnos vivos; que los mayores son como seres cultivados con sus cátedras vivientes, los persuadimos en su sabiduría para no rebotar en las torpezas. Precisamente, por esto, en el pesebre, representamos a los Magos con características que abarcan todas las edades y razas, para recordarnos que todos tenemos un sueño que cumplir con rectitud, la de regresar al cielo, lugar donde hallaremos refugio y alegría. Que nadie quede fuera, por no hacer ese viaje interior, que todos debemos laborar con propósito de enmienda. 

Víctor CORCOBA HERRERO / Escritor
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