Artículo | Algo Más Que Palabras 

“Al igual que la perenne providencia, que con su destello guió a los Magos a Belén, así también nosotros, con nuestro amor, podemos proteger a multitud de seres indefensos en escenarios de contiendas absurdas; muchas de ellas, iniciadas en su propia familia”. 

En nuestro afán y desvelo por aquí abajo, buscamos siempre y rebuscamos sin cesar la estela luminosa, que nos imprime calor de hogar sin llegar a consumirse jamás, porque es la única luz que nos hará felices. Ciertamente, el auténtico amor todo lo resplandece, incluso en las noches oscuras de la vida. Al igual que la perenne providencia, que con su destello guió a los Magos a Belén, así también nosotros, con nuestro amor, podemos proteger a multitud de seres indefensos en escenarios de contiendas absurdas; muchas de ellas, iniciadas en su propia familia. Proteger a los más débiles, ya sean menores o mayores, es una obligación ya no sólo jurídica, también natural de todo ser humano. No olvidemos que cada día es una pequeña vida; y, como tal, hemos de compartirla hermanados. 

Realmente, ni los abusos y tampoco los atropellos, pueden normalizarse. Cada ciudadano está en la obligación de actuar y ser firmes para cambiar el aluvión de injusticias, que nos están deshumanizando por completo. Ojalá en este tiempo, de tantos sueños para recomenzar nuevamente,  tengamos un instante para deliberar sobre nuestro modo de amar y quererse. Porque el amor es esto: cercanía, clemencia y afecto. Y para ello, no precisamos instrumentos extraordinarios y muchos menos medios sofisticados, solo requerimos un corazón desprendido, que sea generoso en la acogida, humanitario y caritativo. En consecuencia, mientras miramos a los Magos que, con los ojos inequívocos en el cielo rastrean el místico lunar, adentrémonos en nuestro propio océano interno y reencontrémonos. 

Hallándonos es como uno se puede donar, ponerse en servicio desinteresadamente, hacerse y rehacerse como siervos los unos para los otros, dejando la dominación y el poderío en la isla de la exclusión. Llegamos así al gozo del altruismo, algo innato en todo níveo corazón, como esa luminaria que es visible para todos. Los Magos no siguen los avisos de un código oculto o sectario, más bien observan a un astro que ven brillar en lo inmaculado, no en el egoísmo mundano. Ellos lo perciben, desde su humildad; otros, sin embargo, como Herodes y los doctores, ni siquiera se dan cuenta de su aparición. La buena estrella que, en el fondo todos llevamos consigo, siempre camina con nosotros; es cuestión de abrazar lo celeste, de revolverse contra sí y de volverse poesía. 

En el verso que somos, como verbo naciente cada aurora, radican nuestros latidos verdaderos y ellos son nuestra esperanza. El Creador de nosotros lo hace corazón a corazón, no cuerpo a cuerpo, y este es un mensaje importante para sentirnos acompañados por ese orbe invisible de pulso vivo y de pausa contemplativa.  Sin duda, nos urge retornar a esa inocencia para sentir el desvelo de que un descendiente protegido es un futuro seguro. Indudablemente, el planeta requiere que sus moradores se fraternicen, para reconstruir un porvenir en el que todos los chavales tengan una oportunidad real de vivir en paz, de aprender a reprenderse y prosperar. Recordemos, que lo que se les de a los críos, los críos lo darán a la sociedad. 

Esto nos demanda un cambio,  cultivar la inspiración y ejercitar nuestro tránsito por la tierra, como poetas en guardia permanente. Pensemos, además, que los niños son como luceros, nunca hay demasiados; que los jóvenes son como olas, necesitamos de su movimiento para sentirnos vivos; que los mayores son como seres cultivados con sus cátedras vivientes, los persuadimos en su sabiduría para no rebotar en las torpezas. Precisamente, por esto, en el pesebre, representamos a los Magos con características que abarcan todas las edades y razas, para recordarnos que todos tenemos un sueño que cumplir con rectitud, la de regresar al cielo, lugar donde hallaremos refugio y alegría. Que nadie quede fuera, por no hacer ese viaje interior, que todos debemos laborar con propósito de enmienda. 

Víctor CORCOBA HERRERO / Escritor
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Artículo | ALGO MÁS QUE PALABRAS

“Hay que fraternizarse; los humanos tenemos que sanear las injusticias vertidas unos a otros, que es lo que sanan las divisiones y fomentan los acuerdos”.

Uno vive y debe desvivirse por vivir en comunión y en comunidad. Así, para un ser con corazón, todo lo que le circunda forma parte de sí y se vincula como genealogía, sustentado el nexo en la mutua lealtad  y en el recíproco acatamiento. La humanidad debe concebirse como una estirpe adherida e inseparable, sustentada por la unidad colectiva, de la que no puede desligarse, ya que todos formamos parte de ese viviente poema interminable cargados de lenguajes diversos, pero bajo un solo pulso, el de la armónica existencia, a pesar de nuestro fondo de debilidad humana y de nuestra manera frívola de reconocer la vida. De ahí la necesidad, en este orbe globalizado, de que seamos promotores y animadores de solidaridad y respeto por la dignidad humana y los derechos fundamentales.

Sin embargo, a pesar del aluvión de pesares, hay que soltar cadenas y elevar el ánimo, ofreciendo compañía y refugio, comprensión y amistad, cooperación y paz. Volverse pasivos es dejarse debilitar, justo en un momento en el que hay que oponerse a la violencia y al odio, aunque nos suponga esfuerzo y sacrificio. Nunca es tarde para renacer con un espíritu guerrero conciliador, donde brille el amor de amar amor, y reluzca la cultura del abrazo como abecedario de diálogo sincero, que es lo que nos da la fuerza necesaria para acercarnos entre sí con afecto y descubrir lo que nos une que es mucho más que lo que nos separa. En consecuencia, otro de nuestros deberes radica en vencer la codicia, que destruye tanto el espíritu humano como la tierra.

Hay que fraternizarse; los humanos tenemos que sanear las injusticias vertidas unos a otros, que es lo que sanan las divisiones y fomentan los acuerdos. Lo prioritario, es no perder la esperanza nunca en saber discernir, para poder leer correctamente la historia que vivimos, que no se agota en el presente, ni se acaba tampoco entre encuentros fugaces y relaciones fragmentarias oportunistas, sino que se abre paso hacia el futuro. Ciertamente, el porvenir es nuestro, tenemos que laborarlo con gratuidad y gratitud, con coherencia de virtudes cívicas y compromiso social, de memoria en el legado y perseverancia, sobre todo para liberar a los mil cautivos y dar libertad a los oprimidos, que ya no pueden ni gritar, debido a nuestro abandono y dejadez.

Desde luego, no hay mayor signo de vitalidad, que enraizarse en el verso de uno mismo para tejer una pulsación donante, que se va renovando día a día y sabe dominar sus pasiones para sentirse autónomo. Por eso, perseveremos en nuestro mar interior, hagamos silencio para escucharnos, cultivemos el equipo con nuestros semejantes, siendo justos para poder ser libres, que la libertad reside en ser dueños de la propia savia y en poder amar, sin fronteras ni frentes que lo impidan. Oírse, por consiguiente, es fundamental; en la medida en que se reconoce su propio derecho a existir y a pensar por sí mismo. No olvidemos jamás, que somos seres de palabra, que no podemos permanecer encerrados en sí mismo o, peor todavía, con el oído en el teléfono móvil.

Con  paciencia todo se alcanza, también la eliminación de enfermedades. Así, surgió con la adopción del acuerdo sobre Pandemias, todo un hito que refuerza la colaboración internacional y demuestra el valor del multilateralismo frente a la multitud de amenazas sanitarias universales. Volvamos, pues, a ese espíritu socorredor; mantenido por el calor doméstico, que no engaña ni defrauda. Realmente, debemos sustentarnos en la certeza de la inclusión, de que nada ni nadie puede alejarnos de ese contemplativo vínculo del alma sistémica, que lo único que genera es luz en medio de la oscuridad. Por tanto, comencemos por interpelarnos cada cual consigo mismo, haciendo parentela humanitaria, revolviéndonos contra la intolerancia y volviéndonos tolerantes.

Víctor CORCOBA HERRERO / Escritor
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Viernes, 26 Diciembre 2025 11:49

Tiempo para los buenos propósitos

Artículo | ALGO MÁS QUE PALABRAS

“Las dificultades están ahí, en cualquier esquina, y aunque nos atemorizan muchas veces, nos sirven para cancelar una época e inaugurar otra; con el consabido buen propósito, innato a toda vida humana, la de mostrar clemencia y tener voluntad de ayudarnos entre sí”.

La felicidad no es un mercado de compraventa, viene precisamente de nosotros, es fruto de un tránsito sin angustia, con una atmósfera desprendida de amor y con la fidelidad a uno mismo, para que la buena salud no se nos empañe y nos acompañe en todos los andares. Al fin y al cabo, lo importante radica en no perder el dinamismo de la constante renovación humana, anímica, intelectual y comunitaria. Por otra parte, en cada pueblo y ciudad, es hora de impulsar los sistemas de salud, con inversiones en vigilancia, comunicación y contención; porque cuando las comunidades están protegidas, todos estamos preservados. Se trata, por tanto, de custodiar y de hacer crecer el auténtico entusiasmo donante, que es lo que nos compromete a cuidarnos unos de otros.

Desde luego, nunca es tarde para enmendarse a la sana voluntad, en virtud del esfuerzo y de la capacidad de amar. Hay que reconocer que estos vínculos son inherentes a nuestra naturaleza humana, sólo hay que trabajarlos en la buena dirección, poniéndolos en práctica cada día, sobre todo en un mundo marcado por guerras, divisiones y discordias. Quizás tengamos, por consiguiente, que despejarnos y despojarnos de nuestro propio egoísmo. En ocasiones, uno cree que el futuro de la humanidad radica en las gentes dominadoras, pues no es así, nuestro porvenir está en horizontes que deben escucharse, comenzando por los críos y finalizando por los ancianos. Así, cuando se reúnen los niños con los abuelos, aparte de ser algo bellísimo, los mayores les donan sabiduría.

En efecto, el camino recorrido es todo un recaudo vivencial. No hay mayor gozo que aprender a reprendernos, con la cognición existencial de un germen que toma su conciencia en la ciencia de lo vivido, sabiendo que, aunque equivocarse es de humanos, perseverar voluntariamente en la mentira es algo diabólico. Sea como fuere, estamos aquí, para embellecernos el alma, lo que pasa por ordenar sentimientos oyéndonos, para destronar de la pena, también nuestra propia culpa. En realidad, son los incumplimientos los que nos enferman y nos impiden encontrar un punto de equilibrio entre la valoración de los dones de la vida y el resguardo de la comunión, atmósfera necesaria para avivar ese calor de hogar, imprescindible para desarrollarnos y recrearnos en el servicio humilde y concreto.

Precisamente, esta armonía entre la contemplación y la acción, es lo que nos injerta una dimensión humanitaria, tomando como paradigma del discernimiento el del espíritu donante a cambio de nada, que lo es todo, porque todos nos requerimos con un amor tan fuerte que disipe las nubes de la rutina, el desánimo y la soledad. Por eso, a mi juicio, es trascendente cultivar el buen propósito de la unidad en las cosas necesarias; y en todo caso, en las inseguras, la autonomía; y en todas, la compasión. La mejor defensa no depende sólo de la ciencia o de la técnica, sino también de que los gobiernos democráticos, sociales y de derecho, sean sólidos y estén bien preparados para sensatamente guiar a su comunidad, al menos durante las diversas crisis que suframos.

Las dificultades están ahí, en cualquier esquina, y aunque nos atemorizan muchas veces, nos sirven para cancelar una época e inaugurar otra; con el consabido buen propósito, innato a toda vida humana, la de mostrar clemencia y tener voluntad de ayudarnos entre sí. Sin embargo, tengamos presente en nuestro camino que, perseguir el poder y perder la libertad, es la mayor estupidez de todo ser humano. Precisamos, hoy más que nunca, el respaldo mutuo, teniendo siempre en mente al bien común, aprendiendo a evaluar con juicio y tranquilidad las diferentes situaciones que se nos presentan y permaneciendo firmemente sujetos en aquellos principios legales y éticos que anteponen por encima de todo la dignidad de la persona humana.

Víctor CORCOBA HERRERO/ Escritor
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Artículo | Algo Más Que Palabras     

 “Hay que empezar a cuestionar los relatos que nos deshumanizan y sustituirlos por historias de apoyo y protección. La situación injusta nos llama a no quedar pasivos, a tomar voz y a ponerse en acción. Indudablemente, en el contexto de la globalización y ante el desafío de la creciente desigualdad, el fortalecimiento de la solidaridad es indispensable”. 

    Es tiempo de convocatorias, de llamadas a redescubrir el sentido y el gusto a reunirse, de hacer familia, que es donde podemos aprender el secreto del verdadero gozo, que tampoco consiste en tener muchas cosas, sino en sentirnos acompañados entre sí. Hoy más que nunca necesitamos abrir las puertas del corazón; máxime en una época sobrecargada de conflictos, catástrofes climáticas y presiones económicas, que empujan a millones de gentes a dejar sus hogares en busca de seguridad o, simplemente, de oportunidades. Avivemos las auténticas luces del alma, que son las que nos hermanan, para percibir que sólo hay felicidad donde hay virtud y esfuerzo. Hagamos de la vida un belén de esperanza. Juntos, paso a paso y en diálogo permanente, reconstruiremos un mundo más fraterno y seguro.
 
    Mantener un espíritu cerrado es el peor de los encierros; precisamos la sintonía de latidos en comunión vibrante, para armonizar lenguajes y sentimientos. Quizás tengamos que volvernos niños, para adentrarnos en el sueño de un nuevo despertar y no en la noche oscura de la desesperación. Cuidado con este instante, no vayamos a confundirnos; y optemos por la vía del placer a toda costa, sustentada en el uso de adicciones como fuga, como refugio en paraísos mortecinos, que luego resultan del todo destructores. Sigamos los pasos de esas personas que cultivan el brío donante, que viven diariamente en contacto con la miseria y con la degradación humana; su fibra  experimentó la prueba de la noche oscura y, sin embargo, saben ofrecer la sonrisa de la Navidad y no las lágrimas.

    A un gran abrazo sincero, vertido a golpe de pulsación interna, ninguna ingratitud lo desprecia y tampoco ninguna indiferencia lo abandona. La alegría de las entretelas humanas es el idioma universal, a cultivar por todos, y más en este período de renovación, agradecimiento y reconciliación, en el que tan sólo se requiere sensibilidad para percatarlo y autenticidad para vivirlo. No desaprovechemos el soplo de la inocencia que todos llevamos consigo, dando el justo valor a las cosas, para fijar la mirada interior en el verso que conjugamos, como sístole de verbo que somos. En consecuencia, estemos vigilantes a todas las invitaciones; de hecho, si perseveramos velando en poesía como poetas en guardia, nuestros olfatos serán capaces de discernir señales, cultivando poemas y no penas.

    Sin duda, no hay mejor inspiración que la que sale de las entrañas de uno mismo, que es donde germina el sentido responsable de una relación imperecedera, más mística que mundana. Será un buen objetivo para humanizarse. Desde luego, hay que empezar a cuestionar los relatos que nos deshumanizan y sustituirlos por historias de apoyo y protección. La situación injusta nos llama a no quedar pasivos, a tomar voz y a ponerse en acción. Indudablemente, en el contexto de la globalización y ante el desafío de la creciente desigualdad, el fortalecimiento de la solidaridad es indispensable. Hay que situar en el centro a la persona y al planeta, dar savia real a los derechos humanos y respaldar una alianza mundial, decidida a ayudar, sin interés alguno.  

    Jamás flaqueemos en nuestra alegre misión. Celebremos con júbilo nuestra unidad en la diversidad, atendiéndonos y entendiéndonos, al menos para superar la pobreza, el hambre y las enfermedades. Interroguémonos, entonces, para un nuevo renacer. Se me ocurre pensar que podríamos comenzar por bajarnos del pedestal para ir al orden de la estética; con una disposición generosa de ver más allá de lo que ven los ojos materiales, venciendo el individualismo, ya que todo cuanto hay en el universo está interrelacionado, también los lamentos de la gente que sufre. Ojalá seamos más pulso que pausa, sobre todo para curar heridas y dar calor, cercanía y proximidad. Sí el deleite germina del donarse, de ningún modo del dominio, sometámonos; seamos servidores de rosas y no de espinas. 
    
Víctor CORCOBA HERRERO / Escritor
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Miércoles, 03 Diciembre 2025 19:47

Crear entusiasmo y reafirmar lazos

Artículo | Algo Más Que Palabras 

 “Todos estamos llamados a extender los brazos en la cotidianidad de cada jornada y a la búsqueda de valores comunes, con su dinamismo y fervor espiritual, contribuyendo a revitalizar el hermanamiento y a practicar la hospitalidad, conscientes de que, trabajando en plena donación, encontraremos sentido a nuestra existencia”. 

Es necesario elevarse con las alas del buen ánimo, máxime en un momento marcado por la polarización política y el aislamiento social; sin embargo, solemos proceder en nuestro diario vivencial, como si la ostentación y la riqueza fueran lo más importante en la vida, cuando lo único que precisamos para estar realmente satisfechos es algo por el cual entusiasmarnos, sabiendo que toda contribución es vital para todo tipo de avances humanitarios. En consecuencia, tampoco perdamos el tiempo en necedades que nos contraigan el alma y en lugar de abrir sus puertas, las cerremos por el cansancio, el dolor y la desilusión. No olvidemos que, cada aurora, es un nuevo florecer y la esperanza debe ser lo último que perdamos. 

Hoy más que nunca requerimos tomar aliento y renovarnos para cambiar el curso de la historia. En efecto, otro mundo es posible, en la medida que enmendemos recorridos trazados por intereses egoístas y reafirmemos la comunión entre nosotros. La efectiva resistencia al mal no es el mal, sino el amor que pongamos en nuestro habitual acontecer, capaz de sanar las propias heridas, mientras se curan las de los demás. Lo valioso radica en vencer el cansancio, para remediar las contrariedades que nos deshumanizan por completo. Contemplando el actual panorama mundial, tan penoso como desolador, por los mil conflictos que nos amargan; da la impresión de que nos hemos acostumbrado a cruzarnos de brazos y a no hacer nada por secar las lágrimas. 

Sintiéndonos familia, es cómo podemos impulsar ese calor de hogar, que es el que nos da alegría y gozo, bienestar y tranquilidad, para renovar el entusiasmo de la concordia y compartir el anhelo que arde en nuestro pulso. Únicamente, bajo este espíritu armónico, es posible la proximidad de latidos, sustentados en la compasión y en la ternura. Por tanto, tenemos la obligación de perseverar con expectativa, sobre todo ante los trances y obstáculos, que nos acrecienta la indignación pública. Quizás tengamos que aprender a reflexionar, tanto de los errores como de los éxitos, que suelen brotar cuando se combina el esfuerzo con la diplomacia de lenguajes en favor de un bien común incuestionable y global. 

Indudablemente, todos estamos llamados a extender los brazos en la cotidianidad de cada jornada y a la búsqueda de valores comunes, con su dinamismo y fervor espiritual, contribuyendo a revitalizar el hermanamiento y a practicar la hospitalidad, conscientes de que, trabajando en plena donación, encontraremos sentido a nuestra existencia. Será un buen propósito a cultivar en un espacio tirante de desafíos, tragedias e injusticias, muchas de ellas relacionadas entre sí. Es público y notorio que nos falta energía y convicción en muchas ocasiones, el poder de soñar con un nexo más del corazón que del cuerpo, para hacer realidad lo que nos parece irrealizable. Ojalá aprendamos a convivir en paz; y, las divergencias, se afronten no con las armas sino con el diálogo. 

Por eso, es sustancial asegurar esa mirada global con una visión centrada en las personas para fortalecer los enlaces comunitarios. Las soluciones inteligentes continúan siendo soluciones humanas. Será bueno, por consiguiente, impulsar un nuevo quehacer para restaurar la confianza y fortalecer los vínculos sociales. La tecnología y el cambio climático están reconfigurando las sociedades más rápido de lo que los marcos institucionales pueden adaptarse, provocando una creciente desconexión entre gobiernos y ciudadanos. A este cúmulo de despropósitos hay que sumarle la tremenda desigualdad que nos aqueja, lo que requiere voluntad política, colaboración por parte de todos y una visión compartida de un futuro más equitativo, al menos para no exacerbar las divisiones sociales.  

Víctor CORCOBA HERRERO / Escritor
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Artículo | Algo Más Que Palabras 

“Vivimos mientras nos renovamos, poniendo amor y no artilugios, con la honestidad como desvelo y la entrega como afán; pues tampoco, se concibe un desarrollo sin responsabilidad, valores y conciencia. En el fondo, uno ama, porque antes se quiere asimismo”. 

La vida nos ha sido donada para vivirla como un deber, no para atormentarla; esto nos exige que trabajemos el reencuentro con nosotros mismos junto a los demás, para sanamente celebrar los místicos sueños, que nacen de tener una actitud humana hacia nuestros análogos, despojados de vicios y vacíos mundanos. Ojalá aprendamos a reprendernos con espíritu creativo, haciendo autocrítica y no con modelos de vida ilusorios, donde no hay espacio para pensar, lo que contribuye en gran medida a un uso distorsionado de medios en sí potencialmente buenos, como las redes sociales, pero enfermizos, cuando se convierten en vehículo de mensajes engañosos. Precisamente, por eso es vital la escucha interior, porque precisamos redescubrirnos y ver lo que anida en el corazón de cada caminante.

Indudablemente, en cada uno de nosotros radica el manantial de la vida, que es corto y debemos apresurarnos a gozar de él, aunque nos produzca cansancio; pero siempre será muy gratificante el esfuerzo, ya que tras la caída, siempre surge un nuevo aliento para levantarnos. Bajo este aprendizaje viviente, hasta conseguir la cátedra de la vida, habrá lágrimas, pero también sonrisas. Es fundamental, por tanto, compartir lecciones aprendidas, que son oportunidades para sobrevivir. Ahora toca desarmarse y armarse de paciencia, para lograr un mundo más justo y libre, asegurando la innovación y el uso responsable de los avances en la ciencia y en la tecnología, manteniendo el control humano sobre los aparatos y la inteligencia artificial, poniendo más corazón en los lenguajes.

Vivimos mientras nos renovamos, poniendo amor y no artilugios, con la honestidad como desvelo y la entrega como afán; pues tampoco, se concibe un desarrollo sin responsabilidad, valores y conciencia. En el fondo, uno ama, porque antes se quiere asimismo. Lo mismo ocurre a la hora de afrontar los desafíos, se requiere una revitalización de la pasión anímica. De lo contrario, todo se desmorona en un aluvión de inhumanidades, que nos impiden ir hacia adelante, porque tan solo una existencia donada merece ser vivida. Desde luego, en ese desvivirse por vivir, cultivar la belleza es alentador, pero no con modelos estéticos efímeros y masificadores, más ligados a criterios hedonistas, comerciales y publicitarios, que al desarrollo integral de las personas.

El conocimiento de lo que nos embellece es el verdadero horizonte de la verdad y de la bondad, el primer peldaño o estado moral, para la comprensión de las cosas que son buenas. No olvidemos que somos criaturas frágiles y que los errores van con nosotros; de ahí, lo importante que es resurgir, pasar página, levantarse y ponerse en pie, para colmarnos de esperanza, que es lo que asegura nuestro angelical coraje. Lo admirable es que la ciudadanía, toda en su conjunto y cada cual desde su quehacer cotidiano, continúe luchando y creando hermosura en medio de un mundo sanguinario y rencoroso. La perspectiva de lo bello con su visión inmaculada, no sólo nos emociona, también nos eleva la mente a nobles aspiraciones. ¡En lugar de armas, activemos poesía en el alma!; ganaremos quietud.

La tarea no es fácil, pero tampoco imposible. Hay que acercar posiciones a golpe de bajarse y de desprenderse de lo mundano, para llegar al florecimiento de la virtud, engalanada de evidencia. Reconstruyámonos, entonces, desde la escucha generosa y el diálogo. Estoy seguro que se aminorarán las tensiones y los peligros intensificados con los artefactos. A propósito, nos alegra que las Naciones Unidas no cesen de celebrar los esfuerzos y la participación de una serie de agentes que contribuyen a un mañana más seguro y pacífico a través de actividades de desarme, control de armamentos y no proliferación. Sumarse a este honesto brindis humanitario, con el don del idílico talento y con hogareño talante, es una armónica sintonía de unión y unidad, que nos realza como humanidad. 

Víctor CORCOBA HERRERO / Escritor
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Artículo | Algo Más Que Palabras 

“Lo importante es afrontarlo todo con humildad y arrepentimiento, a la espera de que la cultura del abrazo, sea algo tan real, como nuestros andares”. 

Ponerse en camino es propio de quien busca la orientación debida y rebusca el sentido existencial. Los tiempos actuales nos instan a bucear por todos los rincones, a detenernos y a contemplar lo que nos circunda, para llenar los corazones de entusiasmo. Observar los latidos de la vida, beber de su armónica sintonía natural, estoy seguro que nos transforma las conciencias y nos motivan al bien. La frase de: Renovarse o morir, que siempre se ha dicho como recordatorio o receta, debe animarnos a reconstruir un mundo nuevo, con la savia renovada. Así, de hecho, ha de volver a encenderse el calor de hogar para calentar la frialdad de los corazones, dentro de los más endurecidos, inclusive nuestra particular sangre genealógica. ¡Explorémonos mar adentro!

Activar el hermanamiento entre análogos es fundamental, en un orbe globalizado como el vigente, que suele ponerse en acción, obviando vínculos para adoquinar senderos e impedir la madurez poética, punto de llegada de un camino interior, que necesitamos rastrear por aquí abajo, para reconocernos en él y embellecernos de su sabiduría. En efecto nada somos, sino compartimos admiración y partimos del verso soy; para injertar ese universo de bondades, en el propio verbo viviente y evidente, del que formo parte. Por tanto, no sólo hay que levantar la vista, también se requiere despojarse de las miserias de uno mismo, encender la esperanza como aire de subsistencia, para no hacer de los problemas y de las dificultades el centro de nuestro caminar. 

Esta mirada que fraterniza, sobre todo hace que se sobrelleven mejor las vicisitudes de la vida; puesto que, permanece confiada, en el espíritu cooperante de la gratuidad y de la gratitud filial. Cuando esto sucede, los latidos conjuntos se fusionan, tanto para atendernos como para entendernos mutuamente. Por el contrario, cuando fijamos la atención exclusivamente en el poder, o en el afán posesivo, el miedo invade nuestro interior y lo desorienta, dando lugar al desconcierto, a la angustia y a la depresión. Bajo estas temidas y tremendas atmósferas, todo se corrompe, pero no permitamos que estos aires sean dominadores y nos empujen al desaliento. Lo importante es afrontarlo todo con humildad y arrepentimiento, a la espera de que la cultura del abrazo sea algo tan real como nuestros andares.

Téngase en cuenta que, con la evolución de la tecnología y las nuevas herramientas, el potencial para recopilar, analizar y visualizar datos sigue ensanchándose, ofreciendo nuevas oportunidades para promover el desarrollo sostenible y la equidad social en todo el planeta. Lo cardinal es que toda la ciudadanía se incorpore a políticas sociales públicas, reforzando un mejor cohabitar y una rendición de cuentas objetivas. Desde luego, no hay información más tangible, que aquellos estudios estadísticos que convierten los datos abstractos, en revelación del momento, para que el poder de decisiones se sustente en fundamentos reales y concretos. Indudablemente, este es un modo de advertir lo que muchas veces no se deja oír, ni tampoco reparar. 

Hacer camino, por consiguiente, es fundamental en todo instante vivido. La realidad a veces nos enferma el alma, porque está cuajada de obscenos detalles que nos dejan sin vocablo. De ahí, la trascendencia de activar la comunión de pulsos y la unión de pausas reflexivas, para poder avanzar en humanidad, antes de que el contexto inhumano y amoral que padecemos en este inseguro hábitat, nos deshumanice por completo. Quizás tengamos que comenzar por revolvernos, para regresar a ese estado níveo que añoramos, pero que no cultivamos, ni lo estamos poniendo en nuestros pasos; y todo, porque nadie en el fondo ama a nadie. Ojalá, pues, la mística conjugación del verbo amar fuese certeza viva, y no una mera correlación de sentimientos vacíos.

Víctor CORCOBA HERRERO / Escritor
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Artículo | Algo Más Que Palabras 

“Ojalá cultivemos de manera abierta y responsable, redes de apoyo, para salvar vidas. No olvidemos que, quitarse la vida o ayudar a quitársela, es una tragedia y un desamor considerable”. 

Vivir no es únicamente batallar, sino persistir e innovar con los sueños, estar fuerte en el sufrimiento y alegre al despertar; porque la vida nos ha sido ofrecida para desvivirse por ella y no abandonarse jamás, lo que requiere un cambio humanístico en la forma con la que valoramos y respetamos las emociones. Jamás olvidemos ese innato afán, de creer en lo invisible, tampoco dejemos que esa esperanza muera. Edifiquemos unidos un mundo donde cada turbación, por dolorosa que sea, encuentre un espacio para ser escuchada, validada y sanada. Quizás, por ello, tengamos que tomar conciencia sobre la magnitud del suicidio como problema de salud pública mundial, haciendo saber a las personas que están pasando por momentos difíciles que no están solos. 

Sentirse protegido es ya un gran avance, frente a la resignación que es una inmolación cotidiana. Igual sucede con toda violación de lo auténtico, no es tan sólo una especie de trastorno del patrañero, sino también una puñalada en la salud de la sociedad humana. Bajo esta atmósfera enfermiza a más no poder, que no respeta edades, cada suicidio es una tragedia a una familia, a una comunidad o a todo un país, teniendo consecuencias duraderas en las personas cercanas a la víctima. En consecuencia, identificar, evaluar, manejar y dar seguimiento de manera temprana a cualquier persona afectada por pensamientos y conductas desesperantes, es fundamental para tomarnos en serio lo de hallarse vivo y con fuerzas para alentar caminos de luz.

La resistencia pasa por negarse a llevar un contexto lamentable; por ello es trascendente intentar el cambio, desafiar, persistir, perseverar, ser fiel a sí mismo, pelear a brazo partido con el destino, hasta dejarnos el último aliento por existir. Revelarse contra uno hasta quedar sin fuerzas, plantar cara a las vicisitudes sin miedo, nos ayudará a redescubrirnos, involucrando a toda la sociedad en la elaboración de estrategias efectivas, máxime en un momento cuando se tiene recelo a la pluralidad, resultando complicado hacer familia, porque esa misma sociedad psicológica y culturalmente se suicida, porque no se entiende, cuestión vital para asistir y existir en gozosa comunión.  Con el tiempo, yo incluso aprendí a reprenderme, a caminar hacia adelante sin tristeza.

Ojalá cultivemos de manera abierta y responsable, redes de apoyo, para salvar vidas. No olvidemos que, quitarse la vida o ayudar a quitársela, es una tragedia y un desamor considerable. Uno tiene que quererse para poder amarse y amar a los demás, sin tener aprensión a ser un ser de acción y reacción mística, pues nuestra fuente viviente radica en el corazón. Todas estas situaciones suicidas son prevenibles, es un grave problema mundial de salud pública que debe abordarse imperativamente; puesto que, la vida es un derecho, no la muerte, que debe ser acogida, nunca suministrada. A propósito, recuerdo que se debe privilegiar siempre la obligación al cuidado, la custodia sin exclusiones, para que los más débiles, en particular los ancianos y enfermos, nunca sean descartados. 

Conseguida la cátedra viviente, con el natural equilibrio mental, el juicio recto y la moral como abecedario de subsistencia, percibiremos la audacia y la firmeza debida, para sacar el mayor bien a los contratiempos, comenzando por ser más clementes con nuestros análogos. De ahí, la importancia de dejarnos acompañar y no ser piedras en el camino, más bien un soplo de buenos deseos fusionado con mil caricias en la mirada, salvaguardándonos de toda soledad y desolación. No depongamos la lucha. Que el hábitat de la crueldad cese o lo compartamos; y, al menos, nos quite el silencio ensordecedor de la indiferencia, recargándonos de enérgica entereza. En la debilidad, es más fácil sucumbir, que soportar sin tregua una crónica cargada de dolores, saturada de amarguras.  

Víctor CORCOBA HERRERO / Escritor
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Artículo | Algo más que palabras 

“La regeneración comienza por respetarse uno así mismo, por quererse, admirando todo lo que nos rodea, que hemos de custodiarlo con generosidad”. 

Nuestra privativa existencia, que ha de ser un místico poema, se ha convertido en un hospital donde cada mortal, agobiado por un bravo oleaje de penas, está poseído por el deseo de cambio. Hoy más que nunca, es preciso el sosiego de unos moradores enfermizos, que tienen que reencontrarse en su mar de rutas, tanto para trabajar unidos, como para tomar conciencia de que hay que hacer inmensidad poética y no romper su métrica vinculante. Utilizar la sinergia del corazón es el mejor brebaje para volvernos poesía y revolvernos como poetas en guardia. Lo mundano requiere de una acción vivificante, que no es otra, que el cultivo de amar a nuestro prójimo, hasta tornarlo próximo a nosotros, a escala global, sin confinar las diferencias, sino más bien abrazando la diversidad de pulsos.

En esta inconfundible vida humana, nos acompañan una marea de sensaciones diversas que hemos de afrontarlas en comunión y en comunidad, en familia y haciendo hogar; o sea, laborando la realidad del amor. Ciertamente, aunque este mundo enfermizo nos traslada su abecedario de malestares y padecimientos, no debemos perder la confianza en la humanidad. No importa navegar a golpes por el piélago viviente, todo tiene remedio, es cuestión de enmendarse y de tomar la vía del propósito auténtico, limpiando los fluidos indecentes que nos ahogan. Por ello, cualquier océano por el que transitemos, aparte de ser una fuente de empleo y alimento para millones de gentes, es también una morada para innumerables especies marinas y un regulador de la templanza del planeta.

Respetémonos, pues, entre sí. En este caminar por aquí abajo, todo tiene su misión curativa, comenzando por las masas de agua, que mitigan los impactos del cambio climático; y, finalizando por nuestro especial latir de servicio al bien común. Unos y otros, hemos de trabajar en alianza, codo con codo para brindar alivio y esperanza a los más necesitados. En consecuencia, extendamos el charco de la verdad, con el espíritu de la bondad, por todos los rincones del orbe, al que se accede a través del piadoso sentimiento de cariño. Sin embargo, cada día estamos más atrapados por la mentira y hemos olvidado querernos. Por desgracia, nuestras típicas deficiencias de descuido e idiotez es un sufrimiento contagioso, que no sólo lo soporta el propio interesado, sino igualmente los demás. 

La regeneración comienza por respetarse uno así mismo, por quererse, admirando todo lo que nos rodea, que hemos de custodiarlo con generosidad. No podemos dejar de lado lo débil que somos y, aún menos, el cometido encomendado, que ha de brotar en unión y en unidad, con la libertad necesaria, pero con la compasión debida. Si así actuamos, demos tiempo al tiempo, que no hay poder que no venga de las alturas, pero es menester adentrarse mar adentro, que es donde habita el verso que soy. Quédate, si acaso, con la receta de San Agustín: “Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor”. Bajo este procedimiento anímico, el restablecimiento está asegurado, lo recomiendo.

En efecto, que corra la voz por la autopista del deseo y pueda hacerse realidad el fruto de la concordia, que es el que nos armoniza existencialmente, con el vigor y la fuerza necesaria de la recuperación. Cumplamos con las responsabilidades congénitas, con el compromiso de regresar a la poesía y no al poder, que todo lo tritura con maldades. Elevémonos a la inspiración lírica y reconstruyamos espacios níveos, ya que donde no hay espíritu cooperante, tampoco puede haber justicia.  La ociosidad terrícola es la gran dominadora, hace falta salir de este vacío que desprenden los vicios, para dejar de estar contaminado de peligros. Estos abundan tanto en el mar, como en la tierra, también en el aire y, además, en los falsos hermanos. No sigamos, por tanto, ahogándonos en el error.

Víctor CORCOBA HERRERO / Escritor
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Artículo | Algo Más Que Palabras 

“Cohabitar con una fraternidad efectiva y afectiva entre nosotros, es cultivar el corazón a corazón, para sentirnos cercanos en un mundo global, sabiendo que todos nos necesitamos entre sí”. 

Hoy más que nunca, es indispensable custodiar el espíritu anímico de la concordia y perseverar en el diálogo, reforzar el soplo cooperante, haciendo de la diplomacia la predilecta ruta para prevenir y resolver los conflictos. Sin duda, nuestro primer deber moral es la sanación de nuestra propia existencia, en un momento en el que apenas tenemos tiempo para repensar actuaciones, a causa de una bulimia de conexiones en las redes sociales, que realmente nos dominan y nos dejan en la cuneta de los despropósitos, bombardeados por imágenes de todo tipo, a veces incluso falsas o distorsionadas, que suscitan en nosotros una tormenta de emociones contradictorias. Por ello, es menester despertar, no encerrarnos en el silencio y activar nuestra presencia, tanto física como virtual.

El reencuentro es otra de las atmósferas necesarias para una subsistencia global y hogareña. Sin duda, la victoria más complicada la tenemos con nosotros mismos. Para empezar, hemos de conocernos y de reconocernos como caminantes libres, honestos y justos. El buen hacer y mejor vivir pasa por comprenderse, no sólo para ser más humanitarios, sino también para evitar herir a los demás con nuestros vocablos. Ojalá aprendamos a reprendernos, a relacionarnos con honestidad y prudencia, máxime en una época de reducción del espacio cívico, con su creciente desinformación al respecto. En consecuencia, nos urge batallar en la toma de decisiones compartidas y conjuntas, con brío auténtico, para fomentar la confianza y la interlocución entre culturas y cultos diversos.

Cohabitar con una fraternidad efectiva y afectiva entre nosotros, es cultivar el corazón a corazón, para sentirnos cercanos, sabiendo que todos nos necesitamos entre sí. Otra de nuestras tareas, por consiguiente, ha de ser la de vencer el individualismo y el afán de superar a los que nos rodean, pues nadie debe ser competidor de nadie, sino compañero de fatigas, que nos las vertemos unos a otros, aunque luego pidamos la paz. Quizás tengamos, por ello, que tomar en serio nuestros gritos, lo que también nos demanda responsabilidad y razón; comenzando por la comunidad internacional que tiene la obligación moral de detener la tragedia de la guerra, pero también nosotros, desde nuestro acontecer, estamos forzados a ejemplarizar acciones, abandonando egoísmos. 

Los célebres egoístas son el origen de los ilustres malvados; y, aunque, ninguna generación ha tenido jamás acceso tan rápido a la cantidad de información que ahora está disponible gracias a la inteligencia artificial; al final, los caminos se encauzan no desde el intelecto, sino desde la cátedra vivencial. En efecto, es la sabiduría que se alcanza con los años de itinerario recorrido, quien nos muestra el verdadero sentido de la vida que, con la disponibilidad de datos y bajo un contexto intergeneracional, del que todos formamos parte, estoy convencido que influirá en decisiones que nos abran el camino hacia un orbe de mayor solidaridad y unión. Una vez más, la tarea de entenderse no es fácil, pero es de vital importancia. 

De hecho, nosotros los pueblos, como moradores pensantes, debemos ahondar en la palabra, haciéndolo sinceramente, para la configuración acústica de las ideas y la armonización de pulsos. Evidentemente, pedimos juntarnos, volvernos servidores, afirmarnos y reafirmarnos demócratas; y, así, desde la inclusión de latidos, trabajar unidos para garantizar un mundo hermanado, totalmente renovado, que promueve derechos y obligaciones a todo mortal, previo impulsar el motor de la dignidad y de la escucha, sin cerrar bocas. Por desgracia, la democracia se ve amenazada, el populismo y la desigualdad crecen y el planeta está más enfermo y más contagiado, a causa de multitud de golpes. Aún así, luchar contra molinos de viento, tiene su esperanza.

Víctor CORCOBA HERRERO / Escritor
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