Domingo, 11 Enero 2026 21:43

El Dilema

La presidenta está atrapada en un dilema sumamente complejo.

Por un lado, residen sus convicciones y su lealtad. La presidenta posee una formación de izquierda, probada, dilatada y respetable. También es una mujer de lealtades. Su gratitud hacia su antecesor es genuina y, me parece, la ha obligado a pagar costos muy altos en cuanto a su credibilidad y popularidad.

Por otro, está el realismo. México está siendo triturado por las presiones de Estados Unidos, algunas justas, otras no. Con la llegada de Morena al poder, se aprobaron una serie de reformas —de energía a la destrucción del Poder Judicial— que van en contra del TMEC: la columna vertebral de la economía mexicana. En el afán de llegar al codiciado poder, Morena armó una complicidad con el crimen organizado que hoy ha martirizado a la sociedad y tensado la relación bilateral. Como consecuencia, Estados Unidos demanda una cadena interminable de concesiones económicas —unas cien— y, también, la entrega de líderes morenistas coludidos con el narco.

Hasta ahora, la presidenta ha jugado con astucia.

Ha tratado, como equilibrista, de mantener en paz a tirios y troyanos.

Para calmar a las huestes de su partido, ha avanzado en reformas radicales; ha aceptado nombramientos costosos; ha mantenido lazos con las dictaduras de izquierda y se ha envuelto en la retórica nacionalista.

Al mismo tiempo, ha entregado —casi— todo lo que ha demandado Trump. Ha hecho caso omiso a su agresividad verbal y ha procurado mantener abiertos los canales de cooperación.

En suma, la vieja máxima de “Hagan caso a lo que hago, no a lo que digo”

Pero eso se está agotando.

El golpe al dictador Maduro le estrechó los márgenes de maniobra.

Ya no pudo quedar bien con ambos y trató de distanciarse de Estados Unidos. El resultado fue la peor amenaza directa en un siglo: “llegó el momento de operaciones terrestres contra los cárteles”, dijo el presidente de Estados Unidos.

En medio del dilema está su relación con Cuba: dictadura mártir para la ultra izquierda, siguiente ficha a caer en el tablero de Estados Unidos y cambio de régimen que es tema personal del secretario Marco Rubio.

Más grave, sigue pendiente la presión para entregar a Estados Unidos a los políticos protectores del narco. 

El primer círculo del morenismo pensó por meses que Trump era bluff. Que no se atrevería a usar la baza militar.

Tras la detención de Maduro, se dieron cuenta que las advertencias a México eran serias.

Terriblemente serias. 

No hay salida gratuita a este callejón. Si la presidenta entrega todas las concesiones económicas que Estados Unidos exige, enfrentará una revuelta interna y tendría que hacer a un lado sus convicciones. Si no lo hace, la dependencia hacia Estados Unidos nos lanzaría a la bancarrota por las represalias previsibles.

Si entrega a los políticos socios del narco, implicaría romper con su antecesor. Si no lo hace, arriesga la soberanía facilitando el pretexto para acciones en territorio nacional.

Se dice que el régimen estaba feliz con la llegada de Trump. Pensaban que sería más llevadera que una presidencia de Kamala Harris.

Por eso tenía razón Oscar Wilde: en la vida hay dos tragedias y sólo dos. Una es que no se cumplan tus sueños.



La otra es que cumplan.

X | @fvazquezrig

Publicado en COLUMNAS
Domingo, 23 Junio 2024 19:36

El dilema

En ocasiones, las sociedades deben elegir entre el mal menor. Las democráticas, quiero decir. A las otras el mal se les impone a chaleco.

El proceso democrático ha devenido en tantos lugares en procesos de subasta y en gobiernos mediocres, que la degradación del sistema amenaza su subsistencia.

Eso explica, en parte, el surgimiento de los populismos y el renacimiento de los autoritarismos.

El dilema de la sociedad norteamericana para el próximo noviembre, cuando definan a su nuevo ejecutivo federal, es ese: elegir entre el mal menor.

Por un lado se postula el presidente en funciones. Joe Biden posee una de las aprobaciones más endebles de la historia para un presidente en su primer periodo. Sus logros no han sido menores: controló y derrotó a una pandemia desbocada por la incompetencia de Trump; ha generado un dilatado proceso de expansión económica y generación de empleo que ahuyentó las certezas de una recesión; ha logrado contener la invasión rusa a Ucrania, con sanciones y, más importante, con el tejido de una gran coalición internacional, lo que habla de la recuperación del prestigio perdido con Trump.

Pero al presidente le pesa una salida precipitada de Afganistán. Le pesa, y mucho, la inflación: una que tiene que ver, en parte, por las inyecciones de dinero que metió a la economía para superar el drama social del COVID. La inflación pega en muchos lados: en el estómago, en el bolsillo y en la dignidad. Y a Biden le pesa la edad. Sería —otra vez, ya lo fue hace cuatro años— el presidente más viejo de la historia. Ha tenido episodios de desorientación. ¿Podrá gobernar?

Del otro lado está Trump. Es sólo 3 años menor que Biden. Tiene 78. También ha tenido tropiezos mentales: episodios de divagación que cuestionan su lucidez. Físicamente se ve robusto, moralmente, no. Trump está acusado de más de 7 decenas de delitos. Está indiciado. Los señalamientos van desde mentir e incitar a la violencia hasta contratar actrices porno para su satisfacción sexual. ¿Podrá gobernar?

Las encuestas muestran un virtual empate a la fecha. Vendrá, esta semana, el primer debate entre ambos. Ahí se verá qué tan disminuido mentalmente está Biden y que tan lastimado en su percepción de integridad está Trump.

Los donantes, que también votan, se han volcado por Trump.

La principal democracia del mundo está siendo forzada a elegir entre el menor de dos males. Comienza a entrar en el túnel que ha engullido a varias democracias antes: Ninguno es bueno, pero es lo que hay.

Pues, sí. Es lo que hay.

La decisión estratégica de ambas campañas vendrá en julio y agosto: cuando en las convenciones de cada partido, los candidatos elijan a su compañero de fórmula. El vicepresidente, quizá por primera vez en la historia de Estados Unidos, jugará un rol central y tendrá, por tanto, un escrutinio mayúsculo.

Se verá, también, la solidez del esqueleto institucional del sistema político norteamericano.

La historia, nos recuerdan Post y Robbins en “Cuando la enfermedad golpea al líder”, nos enseña que cuando el que manda enferma, hay una burbuja de colaboradores que toman el mando y gobiernan.

Sucedió con Franco y Tito, que padecieron largas y penosas agonías. Pero ocurre no sólo en dictaduras. John F. Kennedy padeció periodos de dolor que lo inhabilitaban. También Adolfo López Mateos. Trump, sin estar enfermo, fue contenido, sobre todo en el tramo final de su mandato, por un grupo de colaboradores que, de hecho, se le enfrentaron. No fueron menores: incluyeron al Secretario de Estado, al de la Defensa, al Jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas y al vicepresidente Pence.

El dilema que resolverá la sociedad estadounidense no es menor.

Es la gran superpotencia militar y económica del mundo. Es la más robusta democracia. La nación más multicultural.

Su derrumbe llevaría consigo muchas cosas que hemos dadas por sentadas.

Si los votantes se equivocan en resolver el mal menor, para ellos, y nosotros, será un mal muy, muy mayor.

X | @fvazquezrig

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