CIUDAD DEL VATICANO. - A la hora del Ángelus del domingo 15 de febrero, León XIV reflexionó sobre una parte el sermón de la montaña que revela el significado de los preceptos de la Ley de Moisés e indicó que en cada precepto debemos percibir una “exigencia de amor”. "No se necesita una justicia mínima, se necesita un amor grande, que es posible gracias a la fuerza de Dios".

“Jesús, después de haber proclamado las Bienaventuranzas, nos invita a entrar en la novedad del Reino de Dios y, para guiarnos en este camino, revela el verdadero significado de los preceptos de la Ley de Moisés”. Con estas palabras, el Papa León XIV inició su alocución previa a la oración mariana del Ángelus del 15 de febrero, VI domingo del tiempo ordinario.

Asomado desde la ventana del Palacio Apostólico, el Santo Padre, reflexionando sobre una parte del “sermón de la montaña” que propone el Evangelio del día, explicó que estos preceptos “no sirven para satisfacer una necesidad religiosa exterior y sentirse bien ante Dios, sino para hacernos entrar en la relación de amor con Dios y con los hermanos” . Y por eso - puntualizó - “Jesús dice que no ha venido a abolir la Ley, ‘sino a darle cumplimiento’”.

    “El cumplimiento de la Ley es precisamente el amor, que realiza su significado profundo y su fin último. Se trata de adquirir una “justicia superior” a la de los escribas y fariseos, una justicia que no se limita a observar los mandamientos, sino que nos abre al amor y nos compromete en el amor”

La justicia del Reino de Dios

Para hacer ver la diferencia entre una “justicia religiosa formal” y la “justicia del Reino de Dios”, el Obispo de Roma explicó que Jesús examina algunos preceptos de la Ley que se refieren a casos concretos de la vida y lo hace utilizando las antinomias. Así, por una parte, Jesús afirma: "Ustedes han oído que se dijo a los antepasados", y, por otra: "Pero yo les digo".
Jesús nos hace "hijos del Padre"

Este planteamiento nos dice “que la Ley ha sido dada a Moisés y a los profetas como un camino para empezar a conocer a Dios y su proyecto sobre nosotros y sobre la historia”, observó el Santo Padre, pero ahora, “Él mismo, en la persona de Jesús, ha venido entre nosotros llevando la Ley a cumplimiento, haciéndonos hijos del Padre y dándonos la gracia de entrar en relación con Él como hijos y hermanos entre nosotros”.

    “Hermanos y hermanas, Jesús nos enseña que la verdadera justicia es el amor y que, en cada precepto de la Ley, debemos percibir una exigencia de amor. No es suficiente con no matar físicamente a una persona, si después la mato con las palabras o no respeto su dignidad. Del mismo modo, no basta con ser fiel al cónyuge formalmente y no cometer adulterio, si en esa relación faltan la ternura recíproca, la escucha, el respeto, el cuidado mutuo y el caminar juntos en un proyecto común”

Un “amor grande” para vivir en la justicia

A estos ejemplos, que Jesús mismo nos brinda, el Papa añadió otro más, una valiosa enseñanza que nos ofrece el Evangelio:

    “No se necesita una justicia mínima, se necesita un amor grande, que es posible gracias a la fuerza de Dios”

Antes de concluir su catequesis, el Papa León invitó a invocar juntos a la Virgen María, para que “Ella interceda por nosotros, ayudándonos a entrar en la lógica del Reino de Dios y a vivir en su justicia”.

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Miércoles, 11 Febrero 2026 21:44

La Palabra de Dios da verdad a la vida

Ciudad del Vaticano. - El Pontífice continúa su catequesis sobre la Constitución conciliar Dei Verbum durante la audiencia general del miércoles en la Sala Pablo VI. Subraya que la Iglesia es el «lugar propio» de la Palabra de Dios. «Ella —afirma— es la única Palabra siempre nueva: al revelarnos el misterio de Dios, es inagotable, nunca deja de ofrecer sus riquezas».

La Iglesia es el «lugar propio de la Sagrada Escritura», en el que florece su tarea: «dar a conocer a Cristo y abrir al diálogo con Dios». Una Palabra que alimenta el camino de fe de cada uno, que impulsa a la Iglesia «más allá de sí misma», devolviendo la «verdad» a la vida, que de otro modo estaría sumergida en el ruido difuso de tantas «palabras vacías». Así lo ha afirmado León XIV en la catequesis de la audiencia general de hoy, 11 de febrero, en la Aula Pablo VI, ante 7.000 fieles de todo el mundo, dedicada una vez más a la Constitución conciliar Dei Verbum.

    “Vivimos rodeados de muchas palabras, ¡pero cuántas de ellas son vacías! A veces escuchamos también palabras sabias, pero que no tocan nuestro destino último. La Palabra de Dios, en cambio, satisface nuestra sed de significado, de verdad sobre nuestra vida. Es la única Palabra siempre nueva: al revelarnos el misterio de Dios, es inagotable, nunca deja de ofrecer sus riquezas”

Compartir el pan con los fieles

En la comunidad cristiana, afirma el Papa León, la Palabra tiene su hábitat porque en la vida y en la fe de la Iglesia encuentra «el espacio en el que revelar su significado y manifestar su fuerza». El Concilio Vaticano II, explica además, ha mostrado cómo la Iglesia siempre se ha alimentado «del pan de vida de la mesa tanto de la Palabra de Dios como del cuerpo de Cristo» y que comparte con los fieles. La reflexión de la Iglesia sobre las Sagradas Escrituras, precisa el Pontífice, es por tanto continua.

Y citando la exhortación postsinodal del papa Benedicto XVI Verbum Domini de 2010, recuerda que el vínculo entre la Palabra y la fe pone de relieve que «la auténtica hermenéutica de la Biblia no puede ser otra que la fe eclesial».

    “En la comunidad eclesial, la Escritura encuentra, por tanto, el ámbito en el que desempeñar su tarea peculiar y alcanzar su fin: dar a conocer a Cristo y abrir al diálogo con Dios”

El «fin último» de la lectura, la interpretación y la meditación de la Escritura, subraya el Pontífice, es «conocer a Cristo» y, a través de Él, «entrar en relación con Dios», como en una «conversación, un diálogo».

    “La Constitución Dei Verbum nos presentó la Revelación precisamente como un diálogo, en el que Dios habla a los hombres como a amigos. Esto ocurre cuando leemos la Biblia con una actitud interior de oración: entonces Dios viene a nuestro encuentro y entra en conversación con nosotros”

La Palabra de Dios, fundamento y alma

La Palabra de Dios, «confiada a la Iglesia y por ella custodiada y explicada», desempeña el «papel activo» de dar «sustento y vigor a la comunidad cristiana», es una fuente de la que no solo «todos los fieles están llamados a beber», sino que también debe guiar a «quienes ejercen el ministerio de la Palabra: obispos, presbíteros, diáconos, catequistas».

«Es precioso —dice el Papa— el trabajo de los exégetas y de quienes practican las ciencias bíblicas; y es central el lugar de la Escritura para la teología, que encuentra en la Palabra de Dios su fundamento y su alma».
Cristo, Palabra viva

La Palabra de Dios imprime a la Iglesia un movimiento de salida: «la abre continuamente a la misión hacia todos», concluye el Pontífice. Una Palabra que vive en la Iglesia y que «está totalmente relacionada con Jesucristo y se experimenta que esta es la razón profunda de su valor y de su poder».

    “Cristo es la Palabra viva del Padre, el Verbo de Dios hecho carne. Todas las Escrituras anuncian su Persona y su presencia salvadora, para cada uno de nosotros y para toda la humanidad. Abramos, pues, nuestro corazón y nuestra mente para acoger este don, siguiendo el ejemplo de María, Madre de la Iglesia”

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Ciudad del Vaticano. - Antes del rezo del Ángelus, el Papa recuerda que Dios no descarta a nadie, que toda herida puede sanar, y que son los gestos de misericordia y atención a los demás los que mantienen viva la luz del Evangelio en el mundo.

Esta mañana el Santo Padre ha reflexionado sobre las palabras de Jesús «Ustedes son la sal de la tierra y la luz del mundo», para recordar a los fieles del mundo que vivir las Bienaventuranzas da verdadero sabor a la vida y hace resplandecer la alegría cristiana: “Esta alegría se irradia de un estilo de vida que se desea y elige, de un modo de habitar la tierra y de vivir juntos. Es la vida que resplandece en Jesús, el sabor nuevo de sus gestos y de sus palabras”. De hecho, el Papa recuerda que vivir las Bienaventuranzas transforma la realidad, pues quien sigue a Jesús hace que la tierra sea distinta y que la oscuridad no tenga la última palabra.
Dios no descarta a nadie, y toda herida puede sanar

Desde la ventana del Palacio Apostólico, León XIV ha explicado que no siempre es fácil mantener esa alegría y esa luz: “Es doloroso perder sabor y renunciar a la alegría; sin embargo, es posible tener esta herida en el corazón”. También recuerda que muchas personas —quizá nos ha sucedido también a nosotros— se sienten descartadas o fracasadas, como si su luz se hubiera escondido. Ante esto, el Papa ha ofrecido una esperanza renovadora: “Jesús nos anuncia a un Dios que nunca nos descarta, a un Padre que custodia nuestro nombre y nuestra unicidad”. Es más, el Papa asegura que “cada herida, aun profunda, sanará acogiendo la palabra de las Bienaventuranzas y haciéndonos regresar al camino del Evangelio”.
Existe algo muy eficaz para reavivar la alegría

Después, el Papa desvela el secreto para revivir la alegría: “con gestos de apertura y de atención a los demás” y también habla de cómo la autenticidad importa más que la apariencia o el poder: “Jesús mismo fue tentado, en el desierto, por otros caminos: hacer valer su identidad, exhibirla y tener el mundo a sus pies. Pero él rechaza los caminos en los que hubiera perdido su verdadero sabor, aquel que hallamos cada domingo en la fracción del Pan: la vida entregada, el amor que no hace ruido”.

Destaca su invitación final a “dejarnos alimentar e iluminar por la comunión con Jesús”: “Sin exhibiciones seremos entonces como una ciudad en la cima del monte, no sólo visible, sino también atrayente y acogedora; la ciudad de Dios en la que todos, en definitiva, desean vivir y encontrar la paz”.

 

 

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CIUDAD DEL VATICANO. - En la Audiencia General celebrada en el Aula Pablo VI, León XIV continúa las catequesis sobre la Constitución conciliar "Dei Verbum", explicando que el Señor "elige hablar" en términos humanos a través de las Escrituras. Su anuncio —advierte— no debe descuidar su origen divino, pero tampoco perder contacto con las esperanzas y los sufrimientos de los creyentes, evitando un lenguaje "anacrónico".

"La Constitución conciliar Dei Verbum, sobre la cual estamos reflexionando en estas semanas, indica en la Sagrada Escritura, leída en la Tradición viva de la Iglesia, un espacio privilegiado de encuentro en el que Dios sigue hablando a los hombres y a las mujeres de todos los tiempos, para que, escuchándolo, puedan conocerlo y amarlo". Con estas palabras, el Papa León XIV abrió su catequesis en la Audiencia General de este miércoles 4 de febrero de 2026, celebrada en el Aula Pablo VI, en el marco del ciclo de reflexiones dedicadas al Concilio Vaticano II, que comenzó el 7 de enero pasado.

El Pontífice invitó a redescubrir la centralidad de la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia, no como un texto del pasado, sino como un acontecimiento vivo, capaz de interpelar hoy la existencia concreta de los creyentes.
Dios habla con palabras humanas

León XIV recordó que los textos bíblicos no fueron escritos en un lenguaje celestial o sobrehumano. "Dos personas que hablan lenguas diferentes no se entienden entre ellas, no pueden entrar en diálogo, no logran establecer una relación", observó, subrayando que hacerse comprender por el otro es ya "un primer acto de amor".

Por eso —explicó— Dios elige hablar usando lenguajes humanos y, así, distintos autores, inspirados por el Espíritu Santo, han redactado los libros de la Sagrada Escritura. Como enseña Dei Verbum, "las palabras de Dios expresadas con lenguas humanas se han hecho semejantes al habla humana", del mismo modo que el Verbo eterno del Padre "se hizo semejante a los hombres" (DV, 13).

    “Por tanto, no sólo en sus contenidos, sino también en el lenguaje, la Escritura revela la condescendencia misericordiosa de Dios hacia los hombres y su deseo de hacerse cercano a ellos.”

Autor divino y autores humanos

El Papa repasó luego el largo camino de reflexión de la Iglesia sobre la relación entre el Autor divino y los autores humanos de los textos sagrados. Durante siglos -acotó- se insistió casi exclusivamente en la inspiración divina, hasta el punto de considerar a los hagiógrafos como meros instrumentos pasivos.

La reflexión contemporánea, en cambio, ha revalorizado su aportación, tal como recoge el Concilio Vaticano II, que afirma que Dios es el autor principal de la Sagrada Escritura, pero reconoce a los hagiógrafos como "verdaderos autores" de los libros sagrados (cf. DV, 11). "Rebajar la operación humana a la de puro amanuense no es glorificar la operación divina". Y añadió con vigor: "¡Dios no mortifica nunca al ser humano ni sus potencialidades!".
Interpretar la Escritura sin reducirla

De este equilibrio se desprende, afirmó León XIV, que toda lectura de la Escritura que descuide una de sus dos dimensiones -la divina o la humana- resulta parcial. De ello se desprende, dijo el Papa, que "una correcta interpretación de los textos sagrados no puede prescindir del ambiente histórico en el que estos han madurado y de las formas literarias utilizadas; es más, la renuncia al estudio de las palabras humanas de las que Dios se ha servido, corre el riesgo de dar lugar a lecturas fundamentalistas o espiritualistas de la Escritura, que traicionan su significado".

    “Este principio vale también para el anuncio de la Palabra de Dios: si pierde contacto con la realidad, con las esperanzas y los sufrimientos de los hombres, si utiliza un lenguaje incomprensible, poco comunicativo o anacrónico, resulta ineficaz.”

Por ello, el Pontífice precisó que, "en cada época la Iglesia está llamada a proponer de nuevo la Palabra de Dios con un lenguaje capaz de encarnarse en la historia y de alcanzar los corazones".

En este contexto, recordó las palabras del Papa Francisco en la exhortación apostólica Evangelii gaudium: "Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual".
Una Palabra viva para hoy

Al mismo tiempo, León XIV alertó contra una lectura reductiva que olvida el origen divino de la Escritura y la considera solo como "un texto del pasado" o un objeto de análisis técnico.

    “Más bien, especialmente cuando se proclama en el contexto de la liturgia, la Escritura pretende hablar a los creyentes de hoy, tocar su vida presente con sus problemáticas, iluminar los pasos a seguir y las decisiones que tienen que asumir. Esto solamente es posible cuando el creyente lee e interpreta los textos sagrados bajo la guía del mismo Espíritu que los inspiró”

Citando a san Agustín, León XIV insistió en que quien no edifica el amor a Dios y al prójimo a partir de la Escritura "aún no la ha entendido". El origen divino de la Palabra recuerda, además, que el Evangelio confiado al testimonio de los bautizados no puede reducirse a un mensaje meramente filantrópico o social, sino que es "anuncio alegre de la vida plena y eterna" donada por Dios en Jesucristo.

Al concluir su meditación, el Papa invitó a dar gracias al Señor porque, en su bondad, "no permite que en nuestras vidas falte el alimento esencial de su Palabra". Y exhortó a los fieles a orar para que "nuestras palabras, y más aún nuestras vidas, no oscurezcan el amor de Dios que en ellas se narra".

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Ciudad del Vaticano. - Antes de rezar la oración mariana del Ángelus este domingo 1 de febrero de 2026, León XIV recuerda que las Bienaventuranzas revelan la luz de Dios en la historia, elevan a los humildes y ofrecen consuelo a quienes el mundo descarta. La verdadera felicidad no se compra ni se conquista, se recibe y se comparte “a causa de Cristo”.

"Una página espléndida de la Buena Noticia que Jesús anuncia a toda la humanidad", así describió el Papa León XIV el Evangelio de las Bienaventuranzas (Mt 5, 1-12), que la liturgia propone para este 1 de febrero de 2026, IV Domingo del Tiempo Ordinario.

En su reflexión previa a la oración mariana del Ángelus, ante los miles de fieles y peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro, el Santo Padre puntualiza que “estas, en efecto, son luces que el Señor enciende en la penumbra de la historia, revelando el proyecto de salvación que el Padre realiza por medio del Hijo, con el poder del Espíritu Santo”.

El Obispo de Roma explicó que “en el monte, Cristo entrega a los discípulos la ley nueva, que ya no está escrita en la piedra sino en los corazones; es una ley que renueva nuestra vida y la hace buena, aun cuando ante el mundo pueda parecer fracasada y miserable”.

Sólo Dios -agregó- puede llamar realmente bienaventurados a los pobres y a los afligidos (cf. vv. 3-4), porque Él es el sumo Bien que se da a todos con amor infinito. Sólo Dios puede saciar a quienes buscan paz y justicia (cf. vv. 6.9), porque Él es el justo juez del mundo, autor de la paz eterna.

Sólo en Dios encuentran verdadera alegría los mansos, los misericordiosos y los puros de corazón (cf. vv. 5.7-8), porque Él es el cumplimiento de lo que esperan. En la persecución, Dios es la fuente del rescate; en la mentira, es el ancla de la verdad. Por eso Jesús proclama: «Alégrense y regocíjense» (v. 12).

    “Estas Bienaventuranzas son una paradoja sólo para quien considera que Dios es diferente de como Cristo lo revela. Quien espera que los prepotentes sean siempre dueños de la tierra, permanece sorprendido ante las palabras del Señor. Quien está acostumbrado a pensar que la felicidad pertenece a los ricos, podría creer que Jesús sea un iluso. Y, en cambio, la ilusión está precisamente en la falta de fe en Cristo; Él es el pobre que comparte su vida con todos, el manso que persevera en el dolor, el que trabaja por la paz y es perseguido hasta la muerte en cruz.”

"De este modo, prosiguió el Sucesor de Pedro, Jesús ilumina el sentido de la historia; no la que escriben los vencedores, sino la que Dios realiza salvando a los oprimidos". A continuación, el Pontífice puntualizó: "El Hijo mira al mundo con el realismo del amor del Padre; en el lado opuesto están, como decía el Papa Francisco, «los profesionales de la ilusión. No hay que seguirlos, porque son incapaces de darnos esperanza» (Ángelus, 17 febrero 2019)".

    “Dios, en cambio, da esta esperanza sobre todo a quien el mundo descarta como desesperado.”

Las Bienaventuranzas son, para nosotros, según el Papa, "una prueba de la felicidad, llevándonos a preguntarnos si la consideramos una conquista que se compra o un don que se comparte; si la reponemos en objetos que se consumen o en relaciones que nos acompañan". "De hecho, acotó, es 'a causa de Cristo' (cf. v. 11) y gracias a Él que la amargura de las pruebas se transforma en la alegría de los redimidos".

    “Jesús no habla de una consolación lejana, sino de una gracia constante que nos sostiene siempre, sobre todo en la hora de la aflicción.”

Al final de su alocución, el Santo Padre consideró que "las Bienaventuranzas elevan a los humildes y dispersan a los soberbios de corazón", y por ello invitó a pedir la intercesión de la Virgen María, sierva del Señor, "que todas las generaciones llaman bienaventurada".

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Ciudad del Vaticano. - El Papa León XIV habló en la audiencia general sobre la Constitución conciliar Dei Verbum, destacando tres pilares de la fe cristiana: la acción del Espíritu Santo, la unidad entre Sagrada Escritura y Tradición, y la responsabilidad de la Iglesia como custodio del “depósito” de la fe.

Esta mañana, el Papa León XIV ha continuado su catequesis sobre la Constitución conciliar Dei Verbum, uno de los textos fundamentales del Concilio Vaticano II. En su alocución se ha centrado en tres ideas que iluminan la comprensión católica de la Revelación Divina: la acción permanente del Espíritu Santo, la unidad inseparable entre Sagrada Escritura y Tradición, y la responsabilidad de la Iglesia como custodio del “depósito” de la fe.

La fe cristiana, presencia viva 

El Papa recordó el papel decisivo del Espíritu Santo en la transmisión de la Revelación. A partir de las palabras de Jesús en el Cenáculo, León XIV subrayó que la fe cristiana no se apoya en un recuerdo estático del pasado, sino en una presencia viva que guía a la Iglesia “hacia la verdad completa”.

El Pontífice recordó que el Espíritu no añade una nueva revelación, pero sí hace posible una comprensión cada vez más profunda de la Palabra de Cristo a lo largo de la historia. Gracias a su acción, la enseñanza de Jesús permanece actual, capaz de iluminar contextos culturales, sociales y humanos muy distintos a los del siglo I. De este modo, la Iglesia no repite mecánicamente, sino que actualiza fielmente el Evangelio.

Escritura y Tradición: una unidad inseparable

Al abordar la relación entre la Sagrada Escritura y la Tradición, el Papa citó directamente la Dei Verbum, insistiendo en que ambas proceden de una misma fuente divina y forman un único todo orientado al mismo fin: la salvación de las almas.

    “La Tradición eclesial se ramifica a lo largo de la historia a través de la Iglesia, que custodia, interpreta y encarna la Palabra de Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica (cf. n. 113) remite, a este respecto, a un lema de los Padres de la Iglesia: «La Sagrada Escritura está escrita en el corazón de la Iglesia antes que en instrumentos materiales», es decir, en el texto sagrado.”

Lejos de presentarlas como realidades opuestas, el Papa explicó que la Escritura vive dentro de la Tradición de la Iglesia, que la custodia, la interpreta y la encarna. En este sentido, evocó la enseñanza de los Padres de la Iglesia según la cual la Palabra de Dios fue “escrita primero en el corazón de la Iglesia” antes de quedar fijada en textos. Esta visión subraya que la Biblia no es un libro aislado, sino el libro de un pueblo creyente.

La palabra de Dios no esta "fosilizada"

Además, el Pontífice destacó el carácter dinámico de esta relación, recordando que la Palabra de Dios no está “fosilizada”, sino que crece y se desarrolla en la vida de la comunidad cristiana, tal como afirmaron san Gregorio Magno y san Agustín.

Sobre el “depósito de la fe”, confiado a la Iglesia, el Santo Padre retomó la exhortación de san Pablo a Timoteo, explicando que este depósito —la Palabra de Dios transmitida en la Escritura y la Tradición— debe ser conservado íntegro y transmitido fielmente.

Custodiar no significa inmovilizar

El Papa León XIV subrayó que custodiar no significa inmovilizar. Inspirándose en John Henry Newman, recordó que la doctrina cristiana se desarrolla como una semilla que crece desde dentro, sin perder su identidad. El Magisterio de la Iglesia, ejercido en nombre de Jesucristo, tiene la misión de garantizar esta fidelidad, evitando tanto la ruptura con la tradición apostólica como una lectura rígida incapaz de dialogar con la historia.

Sugestivo, en esta línea, es lo que proponía el santo Doctor de la Iglesia John Henry Newman, en su obra titulada El desarrollo de la doctrina cristiana. Afirmaba que el cristianismo, tanto como experiencia comunitaria como doctrina, es una realidad dinámica, tal y como indicó el mismo Jesús con las parábolas de la semilla (cf. Mc 4,26-29): una realidad viva que se desarrolla gracias a una fuerza vital interior.

Custodiar el depósito de la fe

En este contexto, el Pontífice apeló a la responsabilidad de todos los fieles: obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, llamados a custodiar el depósito de la fe como una “estrella polar” en medio de la complejidad del mundo actual.

Concluyendo su catequesis, el Papa León XIV recordó que Escritura y Tradición, unidas bajo la acción del Espíritu Santo, no solo conservan la memoria del pasado, sino que hacen posible una fe viva, capaz de responder a los desafíos del presente. Una enseñanza que reafirma la actualidad del Concilio Vaticano II y su valor como brújula para la Iglesia del siglo XXI.

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Ciudad del Vaticano. - Jesús comienza su predicación en un momento difícil y en un lugar marcado por la diversidad. A partir de este pasaje del Evangelio, el Papa invitó en el Ángelus dominical a no dejarnos paralizar por la indecisión ni por la prudencia excesiva, recordando que cada momento y cada lugar son visitados por Dios y abiertos a su amor.

En el Ángelus dominical, el Papa centró su reflexión en el inicio de la predicación de Jesús, tal como lo narra el Evangelio de Mateo. A partir del llamado a los primeros discípulos —Simón Pedro, Andrés, Santiago y Juan—, el Santo Padre invitó a los fieles a preguntarse por dos aspectos clave de la misión de Jesús: el momento y el lugar en que comienza. El Papa nos da un mensaje claro y esperanzador: no hay momentos ni lugares excluidos de la acción de Dios. Allí donde parece haber dificultad, diversidad o incertidumbre, el Evangelio puede comenzar de nuevo.

Un comienzo en tiempos difíciles

El Papa subrayó que Jesús inicia su predicación en un contexto que, humanamente hablando, no parece favorable: el arresto de Juan el Bautista. Lejos de ser un tiempo de seguridad o éxito, es un momento oscuro, marcado por la resistencia y la incertidumbre. Sin embargo, es precisamente ahí donde Jesús anuncia con fuerza: “El Reino de los Cielos está cerca”.

A partir de este pasaje, el Pontífice hizo una lectura muy cercana a la vida cotidiana de las personas y de la Iglesia. Muchas veces —dijo— creemos que no es el momento adecuado para tomar decisiones importantes, para anunciar el Evangelio o para cambiar situaciones que nos pesan. Nos refugiamos en la prudencia o en la espera, pero corremos el riesgo de quedar paralizados. El Evangelio, en cambio, nos invita a confiar: Dios actúa en todo momento, incluso cuando no nos sentimos preparados.

Un anuncio que cruza fronteras

El segundo punto de la reflexión fue el lugar elegido por Jesús para iniciar su misión pública: Cafarnaúm, en Galilea. No se trata de un centro religioso cerrado, sino de una región de paso, marcada por la diversidad cultural y religiosa. Con este gesto, Jesús muestra que su mensaje no está reservado a unos pocos, sino que se dirige a todos.

El Santo Padre destacó que el Mesías, viniendo de Israel, no se encierra en fronteras étnicas o religiosas, sino que se acerca a las personas allí donde viven, trabajan y se relacionan. Este rasgo del Evangelio interpela directamente a los cristianos de hoy, llamados a vencer la tentación del aislamiento y del cierre. La fe está llamada a vivirse y anunciarse en todas las realidades humanas, para convertirse en fermento de fraternidad y de paz entre pueblos, culturas y religiones.

Llamados hoy, aquí y ahora

Como los primeros discípulos, recordó León XIV, también nosotros estamos llamados a responder a la voz del Señor con alegría y confianza. Cada etapa de la vida, cada lugar que habitamos, está atravesado por la presencia y el amor de Dios. Por último, Prevost pidió a la Virgen María, para que conceda a todos una confianza interior profunda y acompañe el camino de quienes buscan seguir a Cristo en medio de las realidades concretas del mundo.

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Ciudad del Vaticano. - En el Ángelus dominical, León XIV instó a no malgastar tiempo y energías persiguiendo lo que es mera apariencia, sino a conformarnos con lo necesario y amar “las cosas sencillas y las palabras sinceras”. El amor del Padre nos revela “quiénes somos realmente y cuánto valemos a sus ojos”.

“Nuestra alegría y nuestra grandeza no se basan en ilusiones pasajeras de éxito y de fama, sino en sabernos amados y deseados por nuestro Padre que está en los cielos”. Lo afirmó el Papa en su reflexión previa a la oración del Ángelus de hoy, 18 de enero, II domingo del tiempo ordinario.

Asomado desde la ventana del Palacio Apostólico, ante los fieles romanos y peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro, León XIV basó su reflexión en el pasaje del Evangelio de Juan de la liturgia del día que nos habla de Juan el Bautista, que reconoce en Jesús al Cordero de Dios, el Mesías, diciendo: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».  Y añade: «He venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel»

Juan reconoce en Jesús al Salvador – evidenció el Obispo de Roma –proclama su divinidad y su misión al pueblo de Israel y luego se aparta, una vez cumplida su tarea, como atestiguan estas palabras suyas: «Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo» (v. 30).

La decepción de estilos de vida efímeros  

Para el Bautista, nota el Papa León, habría sido fácil aprovecharse de su fama, ya que era un hombre muy querido por las multitudes, hasta el punto de ser temido por las autoridades de Jerusalén. “En cambio, no cede en absoluto a la tentación del éxito y la popularidad” sino que “frente a Jesús, reconoce su propia pequeñez y le da espacio a su grandeza. Sabe que ha sido enviado para preparar «el camino del Señor» y cuando el Señor viene, reconoce su presencia con alegría y humildad y se retira de la escena. ¡Qué importante es para nosotros hoy su testimonio!”, señala el Obispo de Roma, observando a continuación :

De hecho, a menudo se le da una importancia excesiva a la aprobación, al consenso y a la visibilidad, hasta el punto de condicionar las ideas, los comportamientos y los estados de ánimo de las personas, causando sufrimiento y divisiones, y produciendo estilos de vida y de relación efímeros, decepcionantes y oprimentes.

El amor del Padre nos revela quienes somos y cuánto valemos a sus ojos

En realidad, no necesitamos estos “sucedáneos de la felicidad”, observa el Papa León, porque “nuestra alegría y nuestra grandeza no se basan en ilusiones pasajeras de éxito y de fama, sino en sabernos amados y deseados por nuestro Padre que está en los cielos”. Y añade:

El amor del que nos habla Jesús es el de un Dios que aún hoy viene entre nosotros, no para sorprendernos con efectos especiales, sino para compartir nuestro esfuerzo y asumir nuestras cargas, revelándonos quiénes somos realmente y cuánto valemos a sus ojos.

Mantener alerta el espíritu para encontarnos con el Señor

“Queridos hermanos, no nos dejemos distraer ante su paso. No malgastemos tiempo y energías persiguiendo lo que es mera apariencia”, exhorta el Santo Padre antes de concluir su catequesis. Y finalmente, ayudados por la Virgen María, “modelo de sencillez, sabiduría y humildad”, invita a mirar al Bautista y a seguir su ejemplo:

Aprendamos de Juan el Bautista a mantener alerta el espíritu, amando las cosas sencillas y las palabras sinceras, viviendo con sobriedad y profundidad de mente y de corazón, conformándonos con lo necesario y encontrando cada día, en cuanto sea posible, un momento especial en el que detenernos en silencio para rezar, reflexionar, escuchar; en definitiva, para “ir al desierto”, y allí encontrarnos con el Señor y estar con Él.

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Ciudad del Vaticano. - En la audiencia general de hoy, León XIV profundizó en la Constitución conciliar “Dei Verbum” y explicó que Dios “nos hace hijos y nos llama a hacernos semejantes a Él a pesar de nuestra frágil humanidad”: en la vida de cada cristiano no puede faltar tiempo para la oración, la meditación y la reflexión

“Yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre”, dijo Jesús a sus discípulos, transformando así “radicalmente la relación del hombre con Dios”, convirtiéndola en “una relación de amistad”, una “nueva alianza”, cuya “única condición” es “el amor”. “Este es un punto fundamental de la fe cristiana que nos recuerda la Dei Verbum”, subrayó León XIV en la audiencia general de hoy, 14 de enero, en el Aula Pablo VI, en la que dedicó su catequesis al tema “Dios habla a los hombres como amigos” y a la Constitución dogmática sobre la divina Revelación, en el marco del nuevo ciclo dedicado a “Los documentos del Concilio Vaticano II”, que inició la semana pasada.
Semejantes a Dios en Cristo

La amistad, el diálogo y la oración son los elementos que deben distinguir la relación con Dios, indicó el Pontífice, quien partió de una premisa: la “gracia” de “hacernos amigos de Dios en su Hijo”, como explica San Agustín comentando el Evangelio de Juan. Porque “no somos iguales a Dios, pero Dios mismo nos hace semejantes a Él en su Hijo”, continuó el Papa. Si en la Alianza entre Dios y el hombre “hay un primer momento de distancia” y “el pacto” es “asimétrico” - “Dios es Dios y nosotros somos criaturas” -, “con la venida del Hijo en la carne humana”, “en Jesús, Dios nos hace hijos y nos llama a hacernos semejantes a Él a pesar de nuestra frágil humanidad”.

Nuestra semejanza con Dios, entonces, no se alcanza mediante la transgresión y el pecado, como sugirió la serpiente a Eva, sino en la relación con el Hijo hecho hombre.

La amistad entre Dios y los hombres

Para León XIV, “uno de los documentos más bellos y más importantes de la asamblea conciliar” es la Dei Verbum, que, centrándose en las palabras que Jesús dirigió a los apóstoles, explica que con esta Revelación, “Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor, y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo”. En práctica, aclaró el Pontífice, “el Dios del Génesis”, que ya dialogaba con los hombres, incluso ante el “pecado”, que interrumpe “este diálogo”, no cesa de buscar “establecer una alianza” con ellos cada vez. Y así, cuando Dios, “se hace carne en su Hijo para venir a buscarnos” y restablece el diálogo “de manera definitiva”, “la Alianza es nueva y eterna”, es “amistad” que “se alimenta del intercambio de palabras verdaderas”.

La Constitución Dei Verbum nos recuerda también esto: Dios nos habla. Es importante comprender la diferencia entre la palabra y la charla: esta última se detiene en la superficie y no realiza una comunión entre las personas, mientras que en las relaciones auténticas, la palabra no solo sirve para intercambiar informaciones y noticias, sino también para revelar quiénes somos. La palabra posee una dimensión reveladora que crea una relación con el otro. Así, hablándonos, Dios se nos revela como Aliado que nos invita a la amistad con Él.
Escucha y oración

Dado que la Palabra alimenta las relaciones, primero se debe cultivar “la escucha”, indicó el Papa, para que “la Palabra divina pueda penetrar en nuestras mentes y en nuestros corazones”, y, al mismo tiempo, “hablar con Dios” a través de la oración, “no para comunicarle lo que Él ya sabe, sino para revelarnos a nosotros mismos”. Por tanto, la oración es necesaria para “vivir” y “cultivar la amistad con el Señor”. Esto “se realiza, primeramente, en la oración litúrgica y comunitaria, en la que no somos nosotros quienes decidimos qué escuchar de la Palabra de Dios, sino que es Él mismo quien nos habla por medio de la Iglesia”, y también “en la oración personal”, que tiene lugar “en el interior del corazón y de la mente”, añadió el Pontífice, quien exhortó a encontrar momentos de recogimiento en medio de la rutina diaria.

Durante la jornada y la semana del cristiano no puede faltar el tiempo dedicado a la oración, a la meditación y a la reflexión. Solo cuando hablamos con Dios podemos también hablar de Él.
La llamada de Jesús

Si “las amistades pueden terminar a causa de algún gesto clamoroso de ruptura”, o también por “desatenciones cotidianas que desgastan la relación hasta romperla”, hay que esforzarse en  mantener la amistad con Dios, concluyó León XIV.

Si Jesús nos llama a ser sus amigos, intentemos no desoír su llamada. Acojámosla, cuidemos esta relación, y descubriremos que la amistad con Dios es nuestra salvación.

Publicado en RELIGIÓN

Ciudad del Vaticano. - En el inicio de un nuevo ciclo de catequesis, el Papa León exhortó a la Iglesia a volver al Concilio Vaticano II, no desde interpretaciones parciales o recuerdos lejanos, sino a través de la lectura directa de sus Documentos. A sesenta años de su clausura, el Pontífice subrayó la vigencia y la fuerza profética de aquel acontecimiento, que sigue orientando el camino de la Iglesia en un mundo marcado por profundos cambios sociales y culturales.

Tras el Año Jubilar dedicado a los misterios de la vida de Jesús, el Papa León XIV anunció esta mañana en su audiencia general,  que las catequesis de este nuevo período estarán centradas en el Concilio Vaticano II y en la relectura de sus textos fundamentales. Se trata, explicó, de una oportunidad privilegiada para redescubrir «la belleza y la importancia» de un acontecimiento que san Juan Pablo II definió como «la gran gracia de la que la Iglesia ha beneficiado en el siglo XX».

Sesenta años después, volver al Concilio Vaticano II

El Pontífice recordó que, junto con el aniversario del Concilio de Nicea, en 2025 se conmemoraron los sesenta años del Vaticano II. Aunque no ha pasado tanto tiempo desde entonces, señaló que ya no vive la generación de obispos, teólogos y fieles que lo protagonizó. Por ello, advirtió sobre el riesgo de conocer el Concilio solo por referencias indirectas o interpretaciones ideológicas, e invitó a volver a sus Documentos como fuente auténtica del Magisterio de la Iglesia.

Citando a Benedicto XVI, el Papa León subrayó que los textos conciliares no han perdido actualidad. Al contrario, sus enseñanzas resultan especialmente pertinentes frente a los desafíos de la sociedad globalizada. «El Concilio sigue siendo hoy la estrella polar del camino de la Iglesia», afirmó.

    “Como enseñaba Benedicto XVI «los documentos conciliares no han perdido su actualidad con el paso de los años; al contrario, sus enseñanzas se revelan particularmente pertinentes ante las nuevas instancias de la Iglesia y de la actual sociedad globalizada»”

El Concilio Vaticano II para afrontar los desafíos actuales

Al evocar la apertura del Concilio, el 11 de octubre de 1962, el Papa recordó las palabras de san Juan XXIII, quien lo describió como «la aurora de un día de luz para toda la Iglesia». A partir de una profunda reflexión bíblica, teológica y litúrgica, el Vaticano II —explicó— permitió redescubrir el rostro de Dios como Padre, presentó a la Iglesia como misterio de comunión y promovió una decisiva reforma litúrgica centrada en la participación activa del Pueblo de Dios.

Asimismo, el Concilio impulsó una nueva relación con el mundo contemporáneo, marcada por el diálogo, la corresponsabilidad y la atención a los signos de los tiempos. El Papa León destacó que la Iglesia conciliar es una Iglesia abierta a la humanidad, solidaria con las esperanzas y angustias de los pueblos y comprometida en la construcción de una sociedad más justa y fraterna.

    “El Concilio Vaticano II ha redescubierto el rostro de Dios como Padre que, en Cristo, nos llama a ser sus hijos; ha mirado a la Iglesia a la luz del Cristo, luz de las gentes, como misterio de comunión y sacramento de unidad entre Dios y su pueblo; ha iniciado una importante reforma litúrgica poniendo en el centro el misterio de la salvación y la participación activa y consciente de todo el Pueblo de Dios.”

Una brújula para la Iglesia del siglo XXI

En este contexto, recordó una conocida afirmación de san Pablo VI: gracias al Concilio, «la Iglesia se hace palabra, mensaje y diálogo». De ahí brota el compromiso con el ecumenismo, el diálogo interreligioso y el encuentro con todas las personas de buena voluntad.

El Papa también insistió en que el espíritu conciliar debe seguir inspirando la vida espiritual y pastoral de la Iglesia. Frente a los desafíos actuales, dijo, aún queda camino por recorrer en la reforma eclesial, especialmente en clave ministerial. Para ello, es necesario ser «alegres anunciadores del Evangelio» y «valientes testigos de justicia y de paz».

Citando a monseñor Albino Luciani, futuro papa Juan Pablo I, el Pontífice recordó que los frutos más profundos de un Concilio no dependen solo de estructuras o métodos, sino de una santidad más profunda y extendida, cuyos efectos pueden madurar incluso después de décadas.

    “Mons. Albino Luciani, futuro Papa Juan Pablo I, como Obispo de Vittorio Veneto, al principio del Concilio escribió proféticamente: «Existe como siempre la necesidad de realizar no tanto organismos o métodos o estructuras, sino santidad más profunda y extensa. […]”

Al concluir, el Papa León retomó las palabras de san Pablo VI al cierre del Concilio en 1965, cuando habló de la hora de partir y salir al encuentro del mundo para anunciar el Evangelio. «También hoy —afirmó— la Iglesia está llamada a acoger la herencia del Vaticano II y a renovar la alegría de llevar al mundo el Reino de Dios: un Reino de amor, de justicia y de paz».

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