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El Papa clama por paz en Irán y Medio Oriente
Ciudad del Vaticano. - Al término de la audiencia general, León XIV pide oraciones por los países devastados por los conflictos, por quienes han perdido la vida y por quienes se encuentran en dificultades. También recuerda al padre Pierre El-Raii, asesinado el lunes pasado en el Líbano, donde estos días los pueblos del sur «están viviendo una vez más el drama de la guerra. Estoy cerca de todo el pueblo libanés en este momento de grave prueba».
"Sigamos rezando por la paz en Irán y en todo Medio Oriente, en particular por las numerosas víctimas civiles, entre las que se encuentran muchos niños inocentes. Que nuestra oración sea un consuelo para quienes sufren y una semilla de esperanza para el futuro".
Las zonas asiáticas en guerra están en el corazón de León XIV, quien, antes de terminar la audiencia general del miércoles 11 de marzo de 2026, invita a rezar para que cesen las hostilidades y los conflictos, y exhorta a no olvidar a quienes viven en el dolor y las dificultades.
El pensamiento por los pueblos cristianos del Líbano
Y mientras en Qlayaa, en el Líbano, se celebran los funerales del párroco, el padre Pierre El-Raii, asesinado el lunes pasado por los ataques israelíes en el sur del país, desde la Plaza de San Pedro se eleva el recuerdo del Papa, quien dirige su pensamiento también a los pueblos cristianos afectados por los bombardeos.
“En estos días están viviendo una vez más el drama de la guerra. Estoy cerca de todo el pueblo libanés en este momento de grave prueba.”
El testimonio del padre Pierre
El Pontífice se detiene luego en el ejemplo ofrecido por el sacerdote maronita, de 50 años, gravemente herido mientras prestaba socorro a la gente del pueblo de Qlayaa y fallecido poco después de llegar al hospital, donde había sido trasladado.
“El padre Pierre fue un verdadero pastor, que siempre permaneció junto a su pueblo con el amor y el sacrificio de Jesús, el Buen Pastor. Tan pronto como se enteró de que algunos feligreses habían resultado heridos por un bombardeo, corrió sin dudarlo a ayudarlos. El Señor quiera que su sangre derramada sea semilla de paz para el amado Líbano.”
El riesgo de una emergencia humanitaria
En el país de los cedros se ha declarado una emergencia tras el aumento de las tensiones entre Israel y Hezbolá. A principios de mes, la organización chiíta lanzó ataques con misiles contra Israel, que respondió de inmediato, por lo que las órdenes de evacuación emitidas por el ejército israelí para los habitantes de los barrios del sur de la capital libanesa se intensificaron rápidamente, afectando al menos a 700 000 personas, y se corre el riesgo de una catástrofe humanitaria.
Cristo transfigura las heridas de la historia e ilumina el corazón del hombre
Ciudad del Vaticano. - En el Ángelus del segundo domingo de Cuaresma, León XIV reflexiona sobre la revelación del rostro de Dios, respuesta a la desesperación del ateísmo y a la soledad agnóstica, y anticipo de la luz pascual sobre los cuerpos que sufren violencia, dolor y miseria.
Sobre todos los cuerpos «flagelados por la violencia», «crucificados por el dolor», «abandonados en la miseria», con la Transfiguración Cristo irradia un anticipo de la luz de la Pascua, «acontecimiento de muerte y resurrección, de tinieblas y luz nueva». Así comentó León XIV en el Ángelus de esta mañana, 1 de marzo, segundo domingo de Cuaresma, el Evangelio de hoy, en el que el evangelista Mateo (17,1-9) narra el episodio de Jesús en el monte Tabor mostrando su gloria divina a los discípulos Pedro, Santiago y Juan.
“Mientras que el mal reduce nuestra carne a mercancía de intercambio o a masa anónima, precisamente esta misma carne resplandece de la gloria de Dios.”
El esplendor humano de Dios
Hablando desde la ventana de su estudio privado del Palacio Apostólico a los fieles presentes en la Plaza de San Pedro en un día de invierno y a quienes lo seguían a través de los medios de comunicación, el Pontífice destacó el corazón del relato evangélico, cuando el Espíritu Santo envuelve a Jesús con una «nube luminosa», con el rostro resplandeciente «como el sol» y las vestiduras «blancas como la luz», permitiendo a los discípulos admirar el «esplendor humano» de Dios.
“Pedro, Santiago y Juan contemplan una gloria humilde, que no se exhibe como un espectáculo para las multitudes, sino como una solemne confidencia.”
Contra la desesperación y la soledad
A partir de este gesto, Jesús transfigura las «llagas de la historia» e «iluminando nuestra mente y nuestro corazón» revela con su revelación «una sorpresa de salvación».
“¿Nos sentimos fascinados por ello? ¿El verdadero rostro de Dios encuentra en nosotros una mirada de asombro y amor?”
Son las preguntas del obispo de Roma, que reflexiona sobre cómo el Padre responde a la «desesperación del ateísmo» con el don de su hijo, cómo el Espíritu Santo redime la «soledad agnóstica» con la oferta de una «comunión eterna» de vida y gracia, y cómo ante la «fe débil» se encuentra el anuncio de la resurrección futura.
Tiempo de silencio y conversión
Todo esto, señala, lo vieron los discípulos en el resplandor de Cristo, pero «para comprenderlo se necesita tiempo»: «silencio» para escuchar la Palabra y «conversión» para saborear la compañía del Señor.
“Mientras experimentamos todo esto durante la Cuaresma, pidamos a María, Maestra de oración y Estrella de la mañana, que guarde nuestros pasos en la fe.”
Ejercicios espirituales: gracias a Cristo, hay una «gloria oculta» que vive en nosotros
CIUDAD DEL VATICANO. - Séptima meditación de Cuaresma en la Capilla Paulina para León XIV y la Curia romana, esta tarde del 25 de febrero. Dios ha puesto en nosotros un inmenso potencial, su plan para nosotros «es infinitamente maravilloso».
Cuando Jesús explicó lo que significaba permanecer con él y entrar en el Reino que anunciaba, «muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no iban con él». No estaban dispuestos a aceptar sus discursos sobre el realismo sacramental, la indisolubilidad del matrimonio, la necesidad de la Cruz. Cuando Cristo fue crucificado en el Calvario, el synodos que había caminado con él solo seis días antes ya no estaba. Solo quedaban dos seguidores: su Madre y Juan, el Discípulo Amado.
Juan ofrece un relato preciso de la kenosis de Jesús, que se desarrolla en dos niveles: el del amor divino, exprimido en el lagar de la Cruz; y el de la traición a la lealtad humana, cuando incluso aquellos que habían prometido fidelidad usque ad mortem huyeron, encerrándose en casa para lamerse las heridas en secreto.
Sin embargo, Juan insiste en que precisamente esta escena de abandono manifiesta la gloria de Cristo.
La glorificación, dice Bernardo, tiene lugar cuando, una vez completado nuestro viaje terrenal, finalmente contemplaremos lo que en esta vida hemos esperado firmemente, poniendo nuestra confianza en el nombre de Jesús. «Spes in nomine, res in facie est». No hay forma de expresar el sentido de esta concisa y hermosa fórmula sino con una paráfrasis un tanto ampulosa: «Nuestra esperanza está en el nombre del Señor; la realidad esperada está en verlo cara a cara».
Sin embargo, ya ahora se percibe una cierta «gloria oculta». A Agustín le gustaba decir que aquí y ahora llevamos la imagen de la gloria en una «forma oscura», una forma que está encarnada y sujeta a las vicisitudes de la existencia concreta. Una vez que hayamos atravesado esta vida, la forma se revelará explícita y «luminosa».
Las posibles deformidades causadas por una libertad mal ejercida serán entonces reformadas, para que la forma emerja en su belleza imaginada originalmente: como «forma formosa». Agustín, tan profundamente humano y a la vez penetrante, subraya que la gloria de la imagen no puede perderse; está impresa en nuestro ser. Sin embargo, puede quedar sepultada bajo capas de oscuridad que se acumulan y deben ser eliminadas.
La Iglesia recuerda a las mujeres y a los hombres la gloria secreta que vive en ellos. La Iglesia nos revela que la mediocridad y la desesperación del presente, sin olvidar mi desesperación por mis persistentes fracasos, no tienen por qué ser definitivas; que el plan de Dios para nosotros es infinitamente maravilloso; y que Dios, a través del Cuerpo místico de Cristo, nos dará la gracia y la fuerza que necesitamos para alcanzarlo, si se lo pedimos.
La Iglesia manifiesta esplendores de «gloria oculta» en sus santos. Los santos son la prueba de que la enfermedad y la degradación pueden ser medios que la Providencia utiliza para lograr un propósito glorioso, dando fuerza a los débiles y, no contenta con tan poco, convirtiéndolos en santos radiantes.
La Iglesia comunica la «gloria oculta» en sus sacramentos. Todo sacerdote, todo católico conoce la luz que puede irrumpir en el confesionario, durante una unción, una ordenación o un matrimonio. La más espléndida, y en cierto modo la más velada, es la gloria de la santa Eucaristía.
¿Qué sacerdote no podría decir, después de haber celebrado los santos misterios, lo que una gran música declaró una vez sobre la experiencia de ser instrumento de una luminosa comunicación de belleza, sanación y verdad: «la muerte no sería realmente una tragedia: [porque] lo mejor de lo que hay en el centro de la vida humana se ha visto y se ha vivido», con el corazón ardiendo de glorioso asombro?
En Cuaresma demos espacio al silencio y la escucha
Ciudad del Vaticano. - En el Ángelus del primer domingo de Cuaresma, León XIV recuerda cómo Jesús venció los engaños del diablo y habla de la penitencia como un camino que no empobrece nuestra humanidad, sino que la enriquece, la purifica y la fortalece. Nos insta a silenciar la televisión, la radio y los teléfonos inteligentes por un rato. La riqueza, la fama y el poder, añade, «no son más que pobres sucedáneos" que, al final, "nos dejan inevitable y eternamente insatisfechos, inquietos y vacíos
El desierto, las tentaciones del diablo, el arraigo en el Espíritu Santo que no nos ahorra las dificultades de la condición humana, sino que nos ofrece el camino para resistir el engaño y las trampas. Este es el contexto de los cuarenta días de duras pruebas que experimentó Jesús, narrados en la liturgia del primer domingo de Cuaresma, que ofrece al Papa el inicio de una catequesis basada en el significado de un camino, el que precede a la Pascua, descrito como «luminoso».
Penitencia para hacer florecer la vida
Es la "vida" lo que León enfatiza, tanto al comentar las dificultades que enfrentó Jesús como al relacionarlas con el cristiano de hoy. La penitencia que enseña el Evangelio no es, por lo tanto, un fin en sí misma, sino un camino hacia la alegría plena; no es simplemente una herramienta para afrontar las propias limitaciones, sino una oportunidad para "superarlas y vivir".
La liturgia, con esta Palabra de vida, nos invita a considerar la Cuaresma como un itinerario resplandeciente en el que, con la oración, el ayuno y la limosna, podemos renovar nuestra colaboración con el Señor para hacer de nuestra vida una obra maestra irrepetible. Se trata de permitirle eliminar las manchas y curar las heridas que el pecado haya podido causar en ella, y de comprometernos a hacerla florecer con toda su belleza hasta alcanzar la plenitud del amor, que es la única fuente de felicidad verdadera.
Riqueza, fama, poder: sustitutos de la alegría
El Pontífice cita a San Pablo VI cuando enfatizó que la penitencia, lejos de empobrecer nuestra humanidad, la enriquece, purificándola y fortaleciéndola. Consciente del desánimo que puede caracterizar el desafío del mal y de la atracción por "caminos de plenitud menos exigentes", León advierte contra la ilusión de la riqueza, la fama y el poder. Aclara:
Estas tentaciones, que también fueron las de Jesús, no son más que pobres sucedáneos de la alegría para la que fuimos creados y que, al final, nos dejan inevitable y eternamente insatisfechos, inquietos y vacíos.Silencie un poco los televisores, radios y teléfonos inteligentes
Finalmente, siguiendo los pasos de san Agustín, a quien el Papa se refiere una vez más, la exhortación es a fortalecerse en la fuente de la oración y las obras de misericordia. Y, en una época en la que el silencio es un bien cada vez más escaso, nos anima a encontrarlo y a expandirlo mediante sacrificios concretos:
Demos espacio al silencio, apaguemos un poco los televisores, la radio y los smartphone. Meditemos la Palabra de Dios, acerquémonos a los sacramentos; escuchemos la voz del Espíritu Santo, que nos habla al corazón, y escuchémonos unos a otros, en las familias, en los lugares de trabajo y en las comunidades. Dediquemos tiempo a los que están solos, especialmente a los ancianos, a los pobres y a los enfermos. Renunciemos a lo superfluo y compartamos lo que ahorramos con quienes carecen de lo necesario.
La verdadera justicia es el amor: Papa León XIV
CIUDAD DEL VATICANO. - A la hora del Ángelus del domingo 15 de febrero, León XIV reflexionó sobre una parte el sermón de la montaña que revela el significado de los preceptos de la Ley de Moisés e indicó que en cada precepto debemos percibir una “exigencia de amor”. "No se necesita una justicia mínima, se necesita un amor grande, que es posible gracias a la fuerza de Dios".
“Jesús, después de haber proclamado las Bienaventuranzas, nos invita a entrar en la novedad del Reino de Dios y, para guiarnos en este camino, revela el verdadero significado de los preceptos de la Ley de Moisés”. Con estas palabras, el Papa León XIV inició su alocución previa a la oración mariana del Ángelus del 15 de febrero, VI domingo del tiempo ordinario.
Asomado desde la ventana del Palacio Apostólico, el Santo Padre, reflexionando sobre una parte del “sermón de la montaña” que propone el Evangelio del día, explicó que estos preceptos “no sirven para satisfacer una necesidad religiosa exterior y sentirse bien ante Dios, sino para hacernos entrar en la relación de amor con Dios y con los hermanos” . Y por eso - puntualizó - “Jesús dice que no ha venido a abolir la Ley, ‘sino a darle cumplimiento’”.
“El cumplimiento de la Ley es precisamente el amor, que realiza su significado profundo y su fin último. Se trata de adquirir una “justicia superior” a la de los escribas y fariseos, una justicia que no se limita a observar los mandamientos, sino que nos abre al amor y nos compromete en el amor”
La justicia del Reino de Dios
Para hacer ver la diferencia entre una “justicia religiosa formal” y la “justicia del Reino de Dios”, el Obispo de Roma explicó que Jesús examina algunos preceptos de la Ley que se refieren a casos concretos de la vida y lo hace utilizando las antinomias. Así, por una parte, Jesús afirma: "Ustedes han oído que se dijo a los antepasados", y, por otra: "Pero yo les digo".
Jesús nos hace "hijos del Padre"
Este planteamiento nos dice “que la Ley ha sido dada a Moisés y a los profetas como un camino para empezar a conocer a Dios y su proyecto sobre nosotros y sobre la historia”, observó el Santo Padre, pero ahora, “Él mismo, en la persona de Jesús, ha venido entre nosotros llevando la Ley a cumplimiento, haciéndonos hijos del Padre y dándonos la gracia de entrar en relación con Él como hijos y hermanos entre nosotros”.
“Hermanos y hermanas, Jesús nos enseña que la verdadera justicia es el amor y que, en cada precepto de la Ley, debemos percibir una exigencia de amor. No es suficiente con no matar físicamente a una persona, si después la mato con las palabras o no respeto su dignidad. Del mismo modo, no basta con ser fiel al cónyuge formalmente y no cometer adulterio, si en esa relación faltan la ternura recíproca, la escucha, el respeto, el cuidado mutuo y el caminar juntos en un proyecto común”
Un “amor grande” para vivir en la justicia
A estos ejemplos, que Jesús mismo nos brinda, el Papa añadió otro más, una valiosa enseñanza que nos ofrece el Evangelio:
“No se necesita una justicia mínima, se necesita un amor grande, que es posible gracias a la fuerza de Dios”
Antes de concluir su catequesis, el Papa León invitó a invocar juntos a la Virgen María, para que “Ella interceda por nosotros, ayudándonos a entrar en la lógica del Reino de Dios y a vivir en su justicia”.
La Palabra de Dios da verdad a la vida
Ciudad del Vaticano. - El Pontífice continúa su catequesis sobre la Constitución conciliar Dei Verbum durante la audiencia general del miércoles en la Sala Pablo VI. Subraya que la Iglesia es el «lugar propio» de la Palabra de Dios. «Ella —afirma— es la única Palabra siempre nueva: al revelarnos el misterio de Dios, es inagotable, nunca deja de ofrecer sus riquezas».
La Iglesia es el «lugar propio de la Sagrada Escritura», en el que florece su tarea: «dar a conocer a Cristo y abrir al diálogo con Dios». Una Palabra que alimenta el camino de fe de cada uno, que impulsa a la Iglesia «más allá de sí misma», devolviendo la «verdad» a la vida, que de otro modo estaría sumergida en el ruido difuso de tantas «palabras vacías». Así lo ha afirmado León XIV en la catequesis de la audiencia general de hoy, 11 de febrero, en la Aula Pablo VI, ante 7.000 fieles de todo el mundo, dedicada una vez más a la Constitución conciliar Dei Verbum.
“Vivimos rodeados de muchas palabras, ¡pero cuántas de ellas son vacías! A veces escuchamos también palabras sabias, pero que no tocan nuestro destino último. La Palabra de Dios, en cambio, satisface nuestra sed de significado, de verdad sobre nuestra vida. Es la única Palabra siempre nueva: al revelarnos el misterio de Dios, es inagotable, nunca deja de ofrecer sus riquezas”
Compartir el pan con los fieles
En la comunidad cristiana, afirma el Papa León, la Palabra tiene su hábitat porque en la vida y en la fe de la Iglesia encuentra «el espacio en el que revelar su significado y manifestar su fuerza». El Concilio Vaticano II, explica además, ha mostrado cómo la Iglesia siempre se ha alimentado «del pan de vida de la mesa tanto de la Palabra de Dios como del cuerpo de Cristo» y que comparte con los fieles. La reflexión de la Iglesia sobre las Sagradas Escrituras, precisa el Pontífice, es por tanto continua.
Y citando la exhortación postsinodal del papa Benedicto XVI Verbum Domini de 2010, recuerda que el vínculo entre la Palabra y la fe pone de relieve que «la auténtica hermenéutica de la Biblia no puede ser otra que la fe eclesial».
“En la comunidad eclesial, la Escritura encuentra, por tanto, el ámbito en el que desempeñar su tarea peculiar y alcanzar su fin: dar a conocer a Cristo y abrir al diálogo con Dios”
El «fin último» de la lectura, la interpretación y la meditación de la Escritura, subraya el Pontífice, es «conocer a Cristo» y, a través de Él, «entrar en relación con Dios», como en una «conversación, un diálogo».
“La Constitución Dei Verbum nos presentó la Revelación precisamente como un diálogo, en el que Dios habla a los hombres como a amigos. Esto ocurre cuando leemos la Biblia con una actitud interior de oración: entonces Dios viene a nuestro encuentro y entra en conversación con nosotros”
La Palabra de Dios, fundamento y alma
La Palabra de Dios, «confiada a la Iglesia y por ella custodiada y explicada», desempeña el «papel activo» de dar «sustento y vigor a la comunidad cristiana», es una fuente de la que no solo «todos los fieles están llamados a beber», sino que también debe guiar a «quienes ejercen el ministerio de la Palabra: obispos, presbíteros, diáconos, catequistas».
«Es precioso —dice el Papa— el trabajo de los exégetas y de quienes practican las ciencias bíblicas; y es central el lugar de la Escritura para la teología, que encuentra en la Palabra de Dios su fundamento y su alma».
Cristo, Palabra viva
La Palabra de Dios imprime a la Iglesia un movimiento de salida: «la abre continuamente a la misión hacia todos», concluye el Pontífice. Una Palabra que vive en la Iglesia y que «está totalmente relacionada con Jesucristo y se experimenta que esta es la razón profunda de su valor y de su poder».
“Cristo es la Palabra viva del Padre, el Verbo de Dios hecho carne. Todas las Escrituras anuncian su Persona y su presencia salvadora, para cada uno de nosotros y para toda la humanidad. Abramos, pues, nuestro corazón y nuestra mente para acoger este don, siguiendo el ejemplo de María, Madre de la Iglesia”
Servir y atender a los demás reaviva la verdadera alegría: Papa León XIV
Ciudad del Vaticano. - Antes del rezo del Ángelus, el Papa recuerda que Dios no descarta a nadie, que toda herida puede sanar, y que son los gestos de misericordia y atención a los demás los que mantienen viva la luz del Evangelio en el mundo.
Esta mañana el Santo Padre ha reflexionado sobre las palabras de Jesús «Ustedes son la sal de la tierra y la luz del mundo», para recordar a los fieles del mundo que vivir las Bienaventuranzas da verdadero sabor a la vida y hace resplandecer la alegría cristiana: “Esta alegría se irradia de un estilo de vida que se desea y elige, de un modo de habitar la tierra y de vivir juntos. Es la vida que resplandece en Jesús, el sabor nuevo de sus gestos y de sus palabras”. De hecho, el Papa recuerda que vivir las Bienaventuranzas transforma la realidad, pues quien sigue a Jesús hace que la tierra sea distinta y que la oscuridad no tenga la última palabra.
Dios no descarta a nadie, y toda herida puede sanar
Desde la ventana del Palacio Apostólico, León XIV ha explicado que no siempre es fácil mantener esa alegría y esa luz: “Es doloroso perder sabor y renunciar a la alegría; sin embargo, es posible tener esta herida en el corazón”. También recuerda que muchas personas —quizá nos ha sucedido también a nosotros— se sienten descartadas o fracasadas, como si su luz se hubiera escondido. Ante esto, el Papa ha ofrecido una esperanza renovadora: “Jesús nos anuncia a un Dios que nunca nos descarta, a un Padre que custodia nuestro nombre y nuestra unicidad”. Es más, el Papa asegura que “cada herida, aun profunda, sanará acogiendo la palabra de las Bienaventuranzas y haciéndonos regresar al camino del Evangelio”.
Existe algo muy eficaz para reavivar la alegría
Después, el Papa desvela el secreto para revivir la alegría: “con gestos de apertura y de atención a los demás” y también habla de cómo la autenticidad importa más que la apariencia o el poder: “Jesús mismo fue tentado, en el desierto, por otros caminos: hacer valer su identidad, exhibirla y tener el mundo a sus pies. Pero él rechaza los caminos en los que hubiera perdido su verdadero sabor, aquel que hallamos cada domingo en la fracción del Pan: la vida entregada, el amor que no hace ruido”.
Destaca su invitación final a “dejarnos alimentar e iluminar por la comunión con Jesús”: “Sin exhibiciones seremos entonces como una ciudad en la cima del monte, no sólo visible, sino también atrayente y acogedora; la ciudad de Dios en la que todos, en definitiva, desean vivir y encontrar la paz”.
Urge leer la Palabra de Dios en su contexto sin fundamentalismos: Papa León XIV
CIUDAD DEL VATICANO. - En la Audiencia General celebrada en el Aula Pablo VI, León XIV continúa las catequesis sobre la Constitución conciliar "Dei Verbum", explicando que el Señor "elige hablar" en términos humanos a través de las Escrituras. Su anuncio —advierte— no debe descuidar su origen divino, pero tampoco perder contacto con las esperanzas y los sufrimientos de los creyentes, evitando un lenguaje "anacrónico".
"La Constitución conciliar Dei Verbum, sobre la cual estamos reflexionando en estas semanas, indica en la Sagrada Escritura, leída en la Tradición viva de la Iglesia, un espacio privilegiado de encuentro en el que Dios sigue hablando a los hombres y a las mujeres de todos los tiempos, para que, escuchándolo, puedan conocerlo y amarlo". Con estas palabras, el Papa León XIV abrió su catequesis en la Audiencia General de este miércoles 4 de febrero de 2026, celebrada en el Aula Pablo VI, en el marco del ciclo de reflexiones dedicadas al Concilio Vaticano II, que comenzó el 7 de enero pasado.
El Pontífice invitó a redescubrir la centralidad de la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia, no como un texto del pasado, sino como un acontecimiento vivo, capaz de interpelar hoy la existencia concreta de los creyentes.
Dios habla con palabras humanas
León XIV recordó que los textos bíblicos no fueron escritos en un lenguaje celestial o sobrehumano. "Dos personas que hablan lenguas diferentes no se entienden entre ellas, no pueden entrar en diálogo, no logran establecer una relación", observó, subrayando que hacerse comprender por el otro es ya "un primer acto de amor".
Por eso —explicó— Dios elige hablar usando lenguajes humanos y, así, distintos autores, inspirados por el Espíritu Santo, han redactado los libros de la Sagrada Escritura. Como enseña Dei Verbum, "las palabras de Dios expresadas con lenguas humanas se han hecho semejantes al habla humana", del mismo modo que el Verbo eterno del Padre "se hizo semejante a los hombres" (DV, 13).
“Por tanto, no sólo en sus contenidos, sino también en el lenguaje, la Escritura revela la condescendencia misericordiosa de Dios hacia los hombres y su deseo de hacerse cercano a ellos.”
Autor divino y autores humanos
El Papa repasó luego el largo camino de reflexión de la Iglesia sobre la relación entre el Autor divino y los autores humanos de los textos sagrados. Durante siglos -acotó- se insistió casi exclusivamente en la inspiración divina, hasta el punto de considerar a los hagiógrafos como meros instrumentos pasivos.
La reflexión contemporánea, en cambio, ha revalorizado su aportación, tal como recoge el Concilio Vaticano II, que afirma que Dios es el autor principal de la Sagrada Escritura, pero reconoce a los hagiógrafos como "verdaderos autores" de los libros sagrados (cf. DV, 11). "Rebajar la operación humana a la de puro amanuense no es glorificar la operación divina". Y añadió con vigor: "¡Dios no mortifica nunca al ser humano ni sus potencialidades!".
Interpretar la Escritura sin reducirla
De este equilibrio se desprende, afirmó León XIV, que toda lectura de la Escritura que descuide una de sus dos dimensiones -la divina o la humana- resulta parcial. De ello se desprende, dijo el Papa, que "una correcta interpretación de los textos sagrados no puede prescindir del ambiente histórico en el que estos han madurado y de las formas literarias utilizadas; es más, la renuncia al estudio de las palabras humanas de las que Dios se ha servido, corre el riesgo de dar lugar a lecturas fundamentalistas o espiritualistas de la Escritura, que traicionan su significado".
“Este principio vale también para el anuncio de la Palabra de Dios: si pierde contacto con la realidad, con las esperanzas y los sufrimientos de los hombres, si utiliza un lenguaje incomprensible, poco comunicativo o anacrónico, resulta ineficaz.”
Por ello, el Pontífice precisó que, "en cada época la Iglesia está llamada a proponer de nuevo la Palabra de Dios con un lenguaje capaz de encarnarse en la historia y de alcanzar los corazones".
En este contexto, recordó las palabras del Papa Francisco en la exhortación apostólica Evangelii gaudium: "Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual".
Una Palabra viva para hoy
Al mismo tiempo, León XIV alertó contra una lectura reductiva que olvida el origen divino de la Escritura y la considera solo como "un texto del pasado" o un objeto de análisis técnico.
“Más bien, especialmente cuando se proclama en el contexto de la liturgia, la Escritura pretende hablar a los creyentes de hoy, tocar su vida presente con sus problemáticas, iluminar los pasos a seguir y las decisiones que tienen que asumir. Esto solamente es posible cuando el creyente lee e interpreta los textos sagrados bajo la guía del mismo Espíritu que los inspiró”
Citando a san Agustín, León XIV insistió en que quien no edifica el amor a Dios y al prójimo a partir de la Escritura "aún no la ha entendido". El origen divino de la Palabra recuerda, además, que el Evangelio confiado al testimonio de los bautizados no puede reducirse a un mensaje meramente filantrópico o social, sino que es "anuncio alegre de la vida plena y eterna" donada por Dios en Jesucristo.
Al concluir su meditación, el Papa invitó a dar gracias al Señor porque, en su bondad, "no permite que en nuestras vidas falte el alimento esencial de su Palabra". Y exhortó a los fieles a orar para que "nuestras palabras, y más aún nuestras vidas, no oscurezcan el amor de Dios que en ellas se narra".
Las bienaventuranzas son una prueba de la felicidad
Ciudad del Vaticano. - Antes de rezar la oración mariana del Ángelus este domingo 1 de febrero de 2026, León XIV recuerda que las Bienaventuranzas revelan la luz de Dios en la historia, elevan a los humildes y ofrecen consuelo a quienes el mundo descarta. La verdadera felicidad no se compra ni se conquista, se recibe y se comparte “a causa de Cristo”.
"Una página espléndida de la Buena Noticia que Jesús anuncia a toda la humanidad", así describió el Papa León XIV el Evangelio de las Bienaventuranzas (Mt 5, 1-12), que la liturgia propone para este 1 de febrero de 2026, IV Domingo del Tiempo Ordinario.
En su reflexión previa a la oración mariana del Ángelus, ante los miles de fieles y peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro, el Santo Padre puntualiza que “estas, en efecto, son luces que el Señor enciende en la penumbra de la historia, revelando el proyecto de salvación que el Padre realiza por medio del Hijo, con el poder del Espíritu Santo”.
El Obispo de Roma explicó que “en el monte, Cristo entrega a los discípulos la ley nueva, que ya no está escrita en la piedra sino en los corazones; es una ley que renueva nuestra vida y la hace buena, aun cuando ante el mundo pueda parecer fracasada y miserable”.
Sólo Dios -agregó- puede llamar realmente bienaventurados a los pobres y a los afligidos (cf. vv. 3-4), porque Él es el sumo Bien que se da a todos con amor infinito. Sólo Dios puede saciar a quienes buscan paz y justicia (cf. vv. 6.9), porque Él es el justo juez del mundo, autor de la paz eterna.
Sólo en Dios encuentran verdadera alegría los mansos, los misericordiosos y los puros de corazón (cf. vv. 5.7-8), porque Él es el cumplimiento de lo que esperan. En la persecución, Dios es la fuente del rescate; en la mentira, es el ancla de la verdad. Por eso Jesús proclama: «Alégrense y regocíjense» (v. 12).
“Estas Bienaventuranzas son una paradoja sólo para quien considera que Dios es diferente de como Cristo lo revela. Quien espera que los prepotentes sean siempre dueños de la tierra, permanece sorprendido ante las palabras del Señor. Quien está acostumbrado a pensar que la felicidad pertenece a los ricos, podría creer que Jesús sea un iluso. Y, en cambio, la ilusión está precisamente en la falta de fe en Cristo; Él es el pobre que comparte su vida con todos, el manso que persevera en el dolor, el que trabaja por la paz y es perseguido hasta la muerte en cruz.”
"De este modo, prosiguió el Sucesor de Pedro, Jesús ilumina el sentido de la historia; no la que escriben los vencedores, sino la que Dios realiza salvando a los oprimidos". A continuación, el Pontífice puntualizó: "El Hijo mira al mundo con el realismo del amor del Padre; en el lado opuesto están, como decía el Papa Francisco, «los profesionales de la ilusión. No hay que seguirlos, porque son incapaces de darnos esperanza» (Ángelus, 17 febrero 2019)".
“Dios, en cambio, da esta esperanza sobre todo a quien el mundo descarta como desesperado.”
Las Bienaventuranzas son, para nosotros, según el Papa, "una prueba de la felicidad, llevándonos a preguntarnos si la consideramos una conquista que se compra o un don que se comparte; si la reponemos en objetos que se consumen o en relaciones que nos acompañan". "De hecho, acotó, es 'a causa de Cristo' (cf. v. 11) y gracias a Él que la amargura de las pruebas se transforma en la alegría de los redimidos".
“Jesús no habla de una consolación lejana, sino de una gracia constante que nos sostiene siempre, sobre todo en la hora de la aflicción.”
Al final de su alocución, el Santo Padre consideró que "las Bienaventuranzas elevan a los humildes y dispersan a los soberbios de corazón", y por ello invitó a pedir la intercesión de la Virgen María, sierva del Señor, "que todas las generaciones llaman bienaventurada".
"Custodiar el depósito de la fe y transmitirla con fidelidad"
Ciudad del Vaticano. - El Papa León XIV habló en la audiencia general sobre la Constitución conciliar Dei Verbum, destacando tres pilares de la fe cristiana: la acción del Espíritu Santo, la unidad entre Sagrada Escritura y Tradición, y la responsabilidad de la Iglesia como custodio del “depósito” de la fe.
Esta mañana, el Papa León XIV ha continuado su catequesis sobre la Constitución conciliar Dei Verbum, uno de los textos fundamentales del Concilio Vaticano II. En su alocución se ha centrado en tres ideas que iluminan la comprensión católica de la Revelación Divina: la acción permanente del Espíritu Santo, la unidad inseparable entre Sagrada Escritura y Tradición, y la responsabilidad de la Iglesia como custodio del “depósito” de la fe.
La fe cristiana, presencia viva
El Papa recordó el papel decisivo del Espíritu Santo en la transmisión de la Revelación. A partir de las palabras de Jesús en el Cenáculo, León XIV subrayó que la fe cristiana no se apoya en un recuerdo estático del pasado, sino en una presencia viva que guía a la Iglesia “hacia la verdad completa”.
El Pontífice recordó que el Espíritu no añade una nueva revelación, pero sí hace posible una comprensión cada vez más profunda de la Palabra de Cristo a lo largo de la historia. Gracias a su acción, la enseñanza de Jesús permanece actual, capaz de iluminar contextos culturales, sociales y humanos muy distintos a los del siglo I. De este modo, la Iglesia no repite mecánicamente, sino que actualiza fielmente el Evangelio.
Escritura y Tradición: una unidad inseparable
Al abordar la relación entre la Sagrada Escritura y la Tradición, el Papa citó directamente la Dei Verbum, insistiendo en que ambas proceden de una misma fuente divina y forman un único todo orientado al mismo fin: la salvación de las almas.
“La Tradición eclesial se ramifica a lo largo de la historia a través de la Iglesia, que custodia, interpreta y encarna la Palabra de Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica (cf. n. 113) remite, a este respecto, a un lema de los Padres de la Iglesia: «La Sagrada Escritura está escrita en el corazón de la Iglesia antes que en instrumentos materiales», es decir, en el texto sagrado.”
Lejos de presentarlas como realidades opuestas, el Papa explicó que la Escritura vive dentro de la Tradición de la Iglesia, que la custodia, la interpreta y la encarna. En este sentido, evocó la enseñanza de los Padres de la Iglesia según la cual la Palabra de Dios fue “escrita primero en el corazón de la Iglesia” antes de quedar fijada en textos. Esta visión subraya que la Biblia no es un libro aislado, sino el libro de un pueblo creyente.
La palabra de Dios no esta "fosilizada"
Además, el Pontífice destacó el carácter dinámico de esta relación, recordando que la Palabra de Dios no está “fosilizada”, sino que crece y se desarrolla en la vida de la comunidad cristiana, tal como afirmaron san Gregorio Magno y san Agustín.
Sobre el “depósito de la fe”, confiado a la Iglesia, el Santo Padre retomó la exhortación de san Pablo a Timoteo, explicando que este depósito —la Palabra de Dios transmitida en la Escritura y la Tradición— debe ser conservado íntegro y transmitido fielmente.
Custodiar no significa inmovilizar
El Papa León XIV subrayó que custodiar no significa inmovilizar. Inspirándose en John Henry Newman, recordó que la doctrina cristiana se desarrolla como una semilla que crece desde dentro, sin perder su identidad. El Magisterio de la Iglesia, ejercido en nombre de Jesucristo, tiene la misión de garantizar esta fidelidad, evitando tanto la ruptura con la tradición apostólica como una lectura rígida incapaz de dialogar con la historia.
Sugestivo, en esta línea, es lo que proponía el santo Doctor de la Iglesia John Henry Newman, en su obra titulada El desarrollo de la doctrina cristiana. Afirmaba que el cristianismo, tanto como experiencia comunitaria como doctrina, es una realidad dinámica, tal y como indicó el mismo Jesús con las parábolas de la semilla (cf. Mc 4,26-29): una realidad viva que se desarrolla gracias a una fuerza vital interior.
Custodiar el depósito de la fe
En este contexto, el Pontífice apeló a la responsabilidad de todos los fieles: obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, llamados a custodiar el depósito de la fe como una “estrella polar” en medio de la complejidad del mundo actual.
Concluyendo su catequesis, el Papa León XIV recordó que Escritura y Tradición, unidas bajo la acción del Espíritu Santo, no solo conservan la memoria del pasado, sino que hacen posible una fe viva, capaz de responder a los desafíos del presente. Una enseñanza que reafirma la actualidad del Concilio Vaticano II y su valor como brújula para la Iglesia del siglo XXI.