En la humanidad del hijo; vemos el rostro del padre

Domingo, 11 Enero 2026 21:21 Escrito por Víctor CORCOBA HERRERO / Escritor

Artículo | Compartiendo Diálogos Conmigo Mismo

SOMOS HIJOS DE LA PROVIDENCIA: Manifestarnos como obra sobrehumana y descubrirnos confiados a sus manos, sentirnos acogidos y recogidos en un abrazo de cariño, nos da sustento de alegría, porque nos sostiene liberados del pecado. Todo se asienta en un sensato vínculo con Jesucristo, en una correspondencia de buen fondo y conciliadora forma, que nos orienta y da sentido a nuestros pasos. Él nos levanta de las caídas y con el renuevo del sagrado soplo, nos remonta al Padre. 

I.- EL MESÍAS EN EL JORDÁN;
CON JUAN EL BAUTISTA

Esta vida es un pulso sorprendente, 
cargada de pausas que nos realzan, 
repleta de ritmos que nos cautivan, 
colmada de rimas que nos reviven, 
pues somos puro corazón angélico. 

Comencemos por rastrear y querer
encontrarnos, que el que se rastrea, 
siempre se descubre en penitencia, 
deseoso de no aislarse y de anidar,
en comunión y en viva comunidad.  

Nos abaten las manchas del pecado; 
la purificación humana es un deseo, 
que implica reunirse para conciliar,  
y reconciliarse con la nítida verdad, 
que nos enaltece de bondad estable. 

II.- DARSE UN BAÑO DE DIOS; 
CON EL ETÉREO DEJAR HACER 

Ser bautizado en el Espíritu celeste, 
es estar humedecido de irradiación, 
es dotarse de fiel adhesión al Padre, 
es invitarse a darse un devoto baño,
hasta empaparse de amor beatífico. 

Penetrado por este ardor venerable, 
uno se rehace y se hace al Creador, 
resurge el Niño y surge la efusión, 
la viveza de la fe que nos enamora, 
la pasión del Señor que nos redime.

Sólo hay que dejarse querer por Él, 
sumergirse en su auténtica palabra,
abandonarse con el latir despojado, 
con el alma cubierta de alabanzas, 
y el cuerpo recubierto de fidelidad. 

III.- SENTIR LOS CIELOS CLAROS;
CON LA CLARIVIDENCIA DE TODOS 

El cielo se nos abre como llamada, 
la fiesta no puede ser más gloriosa, 
se funda por ello en una evidencia,
en una relación personal con Jesús, 
que nos fortalece para poder vivir. 

Hermanarse con Cristo es resucitar
a un confín,  que es fuente de amor; 
lindero existencial de misericordia,
para transferirnos a una vida plena,
en unión con los demás y con Dios.

Los caminos apacibles nos elevan, 
nos llenan de albor y nos purifican, 
océano adentro nos desenmascaran, 
hasta el extremo de desenredarnos, 
de los ahogos de este mundo cruel. 

Víctor CORCOBA HERRERO
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